Volver a empezar

Compartimos hoy un audio con la reflexión sobre el texto de Juan 21: 1 - 14 compartida durante la celebración comunitaria en Posadas el 14 de abril de 2013


Reflexión del pastor Eugenio Albrecht

No morir en el Viernes

En este Viernes Santo queremos compartir una reflexión en la que tomamos como símbolo una historia real publicada en el sitio Yahoo. En ella se percibe, de manera cruel y emocionante, el testimonio de alguien que se resistió frente al atropello y la muerte.

El sitio Yahoo.com.ar publica al respecto:

Este es el relato de otro de esos pequeños actos heroicos y anónimos y cuya fotografía pasó prácticamente desapercibida en su día (1936). Ocho décadas después (y gracias a Internet) ha dado la vuelta al mundo, convirtiéndose en todo un icono y ejemplo para las nuevas generaciones que luchan contra el abuso y la injusticia.
August Landmesser con los brazos cruzados entre la multitudAugust Landmesser con los brazos cruzados entre la multitud
El protagonista se llamaba August Landmesser y pasará a la Historia poraparecer en una fotografía en la que sale con los brazos cruzados en un acto en el que estaba presente Adolf Hitler, mientras centenares de personas saludaban con el brazo alzado.
Fue un acto de protesta y rebeldía contra un modelo de régimen político con el que no estaba de acuerdo y que años después le reportaría grandes problemas a él y su familia.
Por aquella época August Landmesser trabajaba como obrero en los astilleros de Blohm und Voss (Hamburgo), un puesto de trabajo que había conseguido gracias a su afiliación al Partido Nacionalsocialista en 1931, a pesar de ser unos ideales a los que no era afín, pero muy necesario pertenecer y tener el carné si se quería acceder a un empleo estable en unos años en los que el poder y control de los nazis era total y absoluto.

August se había casado en 1935 con Irma Eckler, una mujer de ascendencia judía, pero la aprobación por parte del gobierno de la Ley de Protección de la Sangre Alemana y el Honor Alemán invalidaba el matrimonio colocándolos en una peligrosa posición y figurando la relación entre ambos, desde aquel momento, como extraconyugal, lo que les hacía estar fuera de la ley y más al tratarse de una persona aria y otra judía.

Fue entonces cuando el 12 de junio de 1936 se produjo el acto en el que Adolf Hitler fue a presidir en los astilleros de Blohm und Voss. Tras su llegada todos los presentes alzaron su brazo derecho a modo de saludo a su Führer… todos menos uno: August Landmesser, quien se quedó con los brazos cruzados, como un modo de protesta pacífica hacia la injusticia que había sufrido junto a su amada Irma y su recién nacida hija Ingrid (un año después tendrían una segunda hija Irene).
El hombre que negó su saludo a Hitler y se cruzó de brazosEl hombre que negó su saludo a Hitler y se cruzó de brazos
A partir de ahí empezó un auténtico calvario para la familia Landmesser, teniendo que pasar por innumerables juicios y siendo finalmente separados: una de las niñas se quedó con la abuela, la otra fue a parar a un orfanato y August e Irma a un campo de trabajo diferente. Jamás volverían a estar juntos.
La última noticia que se tuvo de August Landmesser es de 1941, cuando tras salir de prisión fue enviado a combatir a la guerra y allí se le dio por desaparecido.
No fue hasta el año 1991 en el que de una manera casual Irene Landmesser descubrió en un diario alemán la fotografía e identificó a su padre como el hombre de los brazos cruzados que tantas décadas llevaba en el anonimato.

Basándose en esta historia, el pastor Eugenio Albrecht reflexiona del siguiente modo. Lo compartimos a través de este audio de la predicación de este viernes Santo durante el culto en la comunidad de Oberá.

Humanizando vínculos

Compartimos el audio de la reflexión del pastor Eugenio Albrecht sobre Juan 8: 1 - 11 (la mujer adultera) del día 17 de marzo de 2013. Grabada durante la celebración de la comunidad de Picada Sueca el quinto domingo de Cuaresma


¿A qué le tienen miedo? (Marcos 4, 35 - 41)



En cierta oportunidad participé de un encuentro de estudiantes de teología y seminaristas judíos y cristianos en Uruguay. Éramos un grupo de unos 15 estudiantes. Había compañeros de ISEDET, seminaristas católicos y jóvenes que se estaban formando en el seminario rabínico latinoamericano de Bs As. Compartimos unos lindos días de talleres en los cuales nos pudimos conocer más allá de las diferencias y los diferentes modos de celebrar a Dios en comunidad.

Al regreso hacia Buenos Aires nos tomamos el barco para cruzar los 50 kilómetros que tiene el Río de la Plata entre la ciudad de Colonia y Bs As. Ese viaje demora en total unas 3 horas y media. La cuestión fue que mas o menos a la hora y medie de viaje, el tiempo comenzó a empeorar y de repente como de la nada se desató una tremenda tormenta. Teníamos 25 kilómetros de río para cualquiera de las orillas. Realmente el barco no tenía otra escapatoria que seguir adelante, porque era lo mismo regresar a Colonia o seguir hasta Buenos Aires. Entonces, al mejor estilo de una película de suspenso nos avisaron a los pasajeros que mantuviéramos la calma porque continuaríamos viaje hasta arribar a Buenos Aires.

La esperanza de todos era que la tormenta se fuera calmando. Pero eso no sucedió y muy por el contrario, el viento y la lluvia fueron cada vez más fuerte, a punto tal que el barco (con unos 500 pasajeros) se movía cada vez más, a punto de sentir como chirriaba. Se balanceaba tanto que era posible ver el agua primero a un costado por la ventanilla y a los pocos segundos al otro costado. Se bamboleaba de un lado para otro.

Realmente era un momento bastante tenso para muchos de los pasajeros y algunos comenzaron a desesperarse.

Era interesante ver como reaccionaban las diferentes personas. Había desde la mujer que se puso a rezar el rosario, hasta aquellos que jugaban a las cartas y algunos que inclusive comían sanguichito que llevaban en el bolso de mano. Lo que para algunos era una situación desesperante, para otros era algo simple.

Me pregunté en ese momento ¿Por qué razón era de ese modo? ¿Cómo puede ser que algo que para unos puede ser desesperante, otros lo pueden tomar con mucha calma y tranquilidad?. Realmente eso me quedó dando vueltas en ese momento. Después quiero retomar esta pregunta.
En nuestro texto de hoy leemos que los discípulos estaban en un barco y de repente sintieron mucho miedo. La tormenta los azotaba y creyeron que podrían morir. Junto a ellos había otros barcos. Ante esa situación Jesús dormía plácidamente con su almohada y no se daba por enterado de lo que estaba sucediendo.

Hay un detalle en el hecho de los especialistas en navegación son en verdad los discípulos, que son pescadores en su mayoría y por lo tanto se supone que sabían como manejarse en este tipo de situaciones. A ellos también se le queman los libros y necesitan recurrir. Lo hacen al igual que nosotros, cuando ya están todos los papeles quemados y ya no tienen manera de resolver por sus propia fuerza y sabiduría, entonces recurren a Jesús.
Estar en el medio del barco y sentir miedo.

¿Con qué situaciones podríamos relacionar esto? ¿En qué situaciones humanas nos podríamos como en un barco que bambolea en medio de la tormenta? Me refiero a las situaciones en las cuales podemos llegar a sentir que el temporal y el vendaval que nos azota es tan fuerte que puede hacer que se hunda nuestro barco.

Ahora bien, cuando eso sucede. ¿Cómo encontrar paz? (La paz de la que Jesús habla) ¿Cómo encontrar tranquilidad frente a los vientos fuertes en los que de repente nos encontramos metidos?. Jesús les dijo: “¿Ustedes no tienen fe? ¿No tienen confianza?”. Les dio un pequeño reto.

Realmente en medio de la tormenta uno cree haber perdido todo aquello que tenía: seguridad, fuerza, confianza, fe, valor, coraje... porque se siente amenazado. Justamente eso hace que nos sintamos de esa manera. Se siente que todo puede ir por la borda. Tal cual esos discípulos desesperados.

Miremos un poco al texto: Luego de que Jesús calmó la tormenta, les hizo una pregunta. Una pregunta muy simple, pero que ayuda a deshilvanar la confusión. La pregunta va además al fondo de la cuestión: “¿A qué le tienen miedo?” “¿Dónde está la fe de ustedes?”.

¿Por qué tenes miedo? ¿A qué le tenés miedo?. Pequeña pregunta se nos plantea.
Es una pregunta muy profunda la que hace Jesús, porque implica una búsqueda en la cual debemos pasar en limpio todo lo que me está pasando y tratar entonces de puntualizar sin perdernos en la maraña de inseguridad y falta de esperanza. “¿A qué le tenés miedo?”.

Esa pregunta nos ayuda a no mezclar todo, par ir al fondo de lo que nos pasa. Ir al grano de lo que sucede, poder definir con claridad donde estoy yo parado. Cuáles son las cosas que yo tengo a mi favor.

Y aparece una segunda pregunta que complementa y refuerza la primera. Luego de revisar la vida y darse cuenta dónde están parados, les pregunta “¿Acaso no tienen fe?”.
Poder darme cuenta sobre qué me paraliza, me va a hacer darme cuenta automáticamente qué es lo que a mi me fortalece. Entonces podré aferrarme.

Y ahora vuelvo a la pregunta que hoy había dejado abierta.
Cómo puede ser que ante determinadas situaciones, hay quienes se desesperan y pueden llegar a tirar todo por la borda y sin embargo hay quienes pueden encontrar un camino de paz y de confianza a pesar de la tormenta.

¿Qué será lo que hace la diferencia?.

La confianza del barco de los discípulos estaba en aquel que estaba durmiendo y que se levantó y entonces se dieron cuenta que no estaban solos. La confianza nuestra es la misma.
Vendavales... ¿Cuántos habrá todavía?.
Tormentas... ¿Cuántas vendrán?.

Pero en nuestro barco viaja un capitán hermanos. El que hace la diferencia.
Dame más fe que da el valor, que ayuda al débil a triunfar. Que todo sufre con amor y puede en el dolor cantar. Que pueda el cielo escalar, o aquí con Cristo caminar.

Dame la fe Señor Jesús... que es capaz de sostenernos en medio de la tormenta.


Que Dios nos bendiga en este día. Que podamos entender que nuestro barco no está a la deriva y no se queda tirado en el medio del viento. Hay quien lo maneja con mucho cuidado y sobre cuidando y velando por cada uno de nosotros.

pastor Eugenio Albrecht

Semilla que crece...

Jesús dijo también: «El reino de Dios es como cuando un hombre arroja semilla sobre la tierra: ya sea que él duerma o esté despierto, de día y de noche la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. Y es que la tierra da fruto por sí misma: primero sale una hierba, luego la espiga, y después el grano se llena en la espiga; y cuando el grano madura, enseguida se mete la hoz, porque ya es tiempo de cosechar.»
También dijo: «¿Con qué vamos a comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola nos sirve de comparación? Puede compararse con el grano de mostaza, que al sembrarlo en la tierra es la más pequeña de todas las semillas, pero que después de sembrada crece hasta convertirse en la más grande de todas las plantas, y echa ramas tan grandes que aun las aves pueden poner su nido bajo su sombra.» (Marcos 4: 26 - 34)

El texto de hoy nos está tirando algunas líneas más para profundizar este tiempo de Pentecostés que hemos iniciado hace dos domingos. Nos habla del Reino de Dios como una semilla que alguien siembra. La semilla que alguien siembra y que da lo mismo estar despierto o dormido, lo mismo la semilla crece y se transforma en planta.

Nos hace recordar las cosas que cuando tienen que darse, se dan. Nos habla también del tiempo que las cosas necesitan para madurar y para ocurrir.

Nos hace pensar la vida de fe como una semilla que se siembra y es capaz de crecer a la luz de lo que nos va pasando y ante lo cual vamos germinando, madurando.

Nos hace pensar en la espera por la cosecha. Pensar al Reino de Dios como una semilla, que es sembrada en la tierra y de la cual se espera que se transforme en una planta.
Pensemos un poco en una semilla a la luz de lo que dice el texto bíblico de hoy:
Una semilla no solo es una realidad, sino también es un proyecto de algo mucho mayor. Es una promesa de futuro y que todo no quedará en ella.

Eso sí, para que la semilla no sea solamente un presente y se convierta en algo grande, no debemos quedarnos con la semilla en la mano, con la idea, con las ganas, con el querer... sino que es necesario que sea sembrada, puesta en tierra fértil. Es necesario que sea regala, cultivada y cuidada. Sino solamente nos vamos a quedar con misterio de pensar cómo hubiera sido el árbol en caso de habernos animado a sembrarla.

Decíamos que la semilla es una realidad, una promesa, un proyecto, un misterio. En este texto se identifica al Reino de Dios con una semilla. Ese Reino que anhelamos se manifieste entre nosotros en lo cotidiano.

Igual que ocurre con la semilla, que necesita ser sembrada para crecer, para que el Reino de Dios crezca es necesario que soñemos, que busquemos la justicia, que aprendamos a convivir mejor, que apostemos a respetarnos los unos a los otros, que juguemos limpio en nuestras relaciones, que vivamos una vida de fe y no de apariencias, que luchemos por un mundo más digno para todos los hombres y mujeres que habitamos en lo que Dios nos ha dado.

Acá hay mucha gente que nació y se crió en la chacra. Hoy les voy a hacer una pregunta muy simple pero que nadie me va a poder responder, simplemente porque no tiene respuesta. La pregunta es ¿Por qué la semilla crece?.

Lo que podemos explicar es cómo la semilla crece, pero no podemos explicar por qué razón la semilla crece. Si se dan las condiciones, sucede y punto!.

Tal cual la semilla crece a partir de la dinámica interna que ella misma tiene. En nuestra siembra de todos los días deberíamos añadir una dosis importante de fertilizante, que tiene que ver con la confianza y la esperanza de que Dios actúa en medio nuestro y en nuestras vidas y en las vidas de las persona. Entonces aquella semilla que debe germinar germinará... rápido o lentamente. A su momento.

Cuentan que en la década de 1930, un joven viajero exploraba los Alpes Franceses. Un día llegó a un lugar donde la tierra era bastante árida y desolada. No era un muy lindo de ver. Más bien daban ganas de buscar algo con más naturaleza que quedarse ahí.

Entonces -de repente-, el viajero miró a lo lejos y le parecía ver algo. Se detuvo y se levantó sobre sus talones y miró con sorpresa: En medio de ese lugar desolado, había un anciano encorvado que cargaba una bolsa sobre su espalda. En sus manos tenía un tubo de hierro. En la bolsa llevaba bellotas y con el tubo de hierro hacía agujeros y colocaba las bellotas en los hoyos que hacía.
El anciano se dio cuenta que el viajero lo estaba mirando y entonces se acercó y sin saludarlo le dijo: "Hasta ahora llevo sembradas muchas bellotas. Quizás tan sólo algunas de ellas van a germinar, pero la verdad que me encanta esto que estoy haciendo... por eso lo hago... ".

Veinticinco años más tarde, el ahora no tan joven viajero regresó al mismo lugar desolado y lo que vio lo sorprendió: La tierra estaba cubierta con un hermoso bosque de roble de tres kilómetros de ancho y ocho de largo. En ese lugar ahora había aves, flores y algún que otro animalito. Todo se había transformado gracias a que aquel anciano había decidido sembrar a pesar de que sabía que el bosque lo verían los demás.

Hermanos... lo que sembramos es lo que a la larga vamos a terminar cosechando. Tarde o temprano eso va a suceder.

El Reino de Dios también es una siembra. Una semilla no nace sola... el Reino de Dios tampoco, porque no es algo abstracto, sino que está compuesto por nuestras actitudes, nuestros gestos, nuestras ganas de hacer...

Y como la semilla, puede crecer y transformarse en algo pleno...

AMEN.

Pastor Eugenio Albrecht

El Espíritu Santo como abogado defensor (Juan 15: 26 - 27)

Pero cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre y a quien yo les enviaré de parte del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio (Juan 15: 26 - 27)

Muchos niños (dicen que el 50 % de los niños) utilizan algún elemento para dormir y en el cual buscar una especie de compañía. Algunos se aferran a un oso de peluche, otros a un trapito que siempre tiene que ser el mismo y no puede ser cambiado, otros a un chupete, otros a una almohada. Quizás eso mismo le haya sucedido a muchos de ustedes. Son además recuerdos muy lindos para los padres: recordar este tipo de cosas, especialmente ante la realidad de que sus hijos ya están crecidos y grandes.

Lo que el niño busca en este tipo de cosas es seguridad, sentirse acompañado, sentirse consolado. Casí sin darse cuenta, se aferra a un elemento que le ayuda a encontrar tranquilidad y paz en medio de la noche.

Este simple ejemplo nos puede ayudar a los adultos a pensar sobre cuáles son las cosas ante las cuales nos sentimos inseguros. No hablo ahora de los robos y esto tan desagradable y cada vez más común en nuestro medio.

Una mirada hacia las actitudes y comportamientos que solemos tener, nos podría hacer mencionar, entre otras cosas la inseguridad que generan: los cambios, las cosas nuevas, la situación de tener asumir nuevos desafíos en la vida, encontrarse ante la situación de no conocer lo que vendrá, no tener en claro el futuro en cuanto a lo económico, el miedo a la frustración, la dependencia emocional, sentirse desprotegido, cuando uno se siente que está sólo y hay decisiones y caminos que enfrentar y sin embargo siente que todo el peso recae sobre uno mismo. Y podríamos agregar varias otras cosas a nivel personal, cosas que nos tocan y que a veces nos dejan dubitativos. Cosas que no sabemos como manejar. Eso es lo que genera la situación de sentir inseguridad.

En verdad el algo inherente a la vida la necesidad de sentirse contenidos. Es casi una necesidad básica. Por eso, ante la mínima sensación de inestabilidad puede aparecer todo ese abanico de situaciónes en las que se refleja la inseguridad, como les comentaba recién.

Ahora bien, muchas veces ante esta amenaza latente que puede ser la inseguridad que puede ver por varios factores que hemos mencionado (futuro económico, cambios, fracaso, etc) algunas veces queriendo prevenirse ante la inseguridad, el ser humano se termina aferrando a falsas seguridades. Entonces puede ocurrir, que al igual que el niño que busca fortaleza en un osito de peluche, nos terminamos aferrando a ciertas cosas, creyendo que con ellas estaremos a salvo. ¿Cuáles serán los chupetes que nos entretienen una vez que dejamos el chupete y el oso de peluche?. A veces esta necesidad de tener de antemano cosas que nos ayudan a aferrarnos creo que nos juega una mala pasada. Más de una vez, a través de estos chupetes creemos que estamos a salvo, pero recién cuando nos suceden cosas difíciles de verdad podemos entender por donde pasa la seguridad y que lo único que salva es la posibilidad de confiar en Dios. Ahí podemos comprender esto que muchas veces se escucha decir que lo demás es realmente pasajero y efimero... que va y viene. Esto no es una frase hecha, porque realmente es así.

Algunas veces los osos de peluche y los chupetes de los que nos agarramos nos hacen olvidar que finalmente, ante Dios todos nos presentaremos tal cual hemos como hemos venido al mundo, sin nada. Sólos frente a Dios. Ahí nos ingualamos todos.

Por eso es muy importante preguntarnos ahora en qué / quién nos aferramos cuando nos sentimos solos o desamparados.

Ayer me decía una señora que está prácticamente sola en el mundo, porque no tiene a nadie: sus hijos están lejos, parientes casi no tiene... Yo entonces le preguntaba sobre su soledad y sobre el hecho de tener que vivir practicamente sin poder contar con nadie, más allá de sus amigos y conocidos. Ella entonces me respondió: “Yo no estoy sola, en medio de la noche yo se que hay alguien que me acompaña”.

Una situación de desamparo, era lo que le tocaba a la comunidad a la que el Evangelista Juan escribe el texto que hemos leído. Esa comunidad eran un pequeño grupo, en medio de una inmensa mayoría abrumadora de judíos ortodoxos. Nosotros sabemos lo que significa ser una iglesia minoritaria y ser atacado por mayorías y además encontrarnos ante la necesidad de explicar quienes somos y como es nuestro modo de vivir la fe. Eso le sucedía a esa pequeña comunidad que aún ni tenía plena certeza de lo que significaba su fe en Jesús. A ellos les hace recordar lo que Jesús les decía a los discípulos: “aunque yo ya no esté en cuerpo con ustedes, les envío otro consolador...”. Alguien que consuele y que en medio de la inseguridad. En algunas versiones de la Biblia se usa la palabra paracleta. Paracleta significa “abogado defensor”. Fijénse a quien nos envía Jesús, un defensor que es capaz de batallar con nosotros hasta la última lucha de nuestra vida. Así como el abogado defiende al inocente en el juicio. Así, Dios nos envía el Espíritu Santo, para defendernos... aún cuando creemos que la batalla ya está perdida y que no tiene sentido batallarla, como pudo haber pasado en la comunidad de Juan, una comunidad minoritaria que sentía el bombardeo y el contínuo ataque.
Como diciendo: “Acuerdense, ustedes tienen un defensor”. Ese es el Espíritu Santo. La fiesta de pentecostés es eso. Hoy celebramos la llegada de ese defensor de cada uno de nosotros.
Quiera Dios hacernos acordar esto. Hacernos recordar que Él ya nos ha enviado uno para estar a nuestro lado.

¿No lo vemos?. Con los ojos no... pero sí es posible darnos cuenta de su presencia y su acción en nuestro medio. Así como cuando encendemos un ventilador y no podemos ver el viento, pero sí sentir su efecto... también así podemos sentir la presencia del paracleto, del ES, en la oración, en el encuetro comunitario, en la mano del otro, en la oportunidad de servir, en la oportunidad de poder sentirme en comunión... podemos sentir.

Así como vino, nunca se fue y sigue habitando entre nosotros.
Que podamos recordar esto, especialmente en aquellas situaciones en las que nos aferramos a las falsas seguridades y los osos de peluches y chupetes a los que nos agarramos. Y también en las otras tantas veces en las que sentimos que no hay nadie que es capaz de defendernos y batallar con nosotros. Dios sí es capaz de hacerlo. Amén

Eugenio Albrecht

La salida del laberinto: reflexión sobre Juan 17, 11

Reflexión compartida en la comunidad de San Javier el domingo 20 de mayo durante el culto a las 20 horas



Y ya no estoy en el mundo; pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, cuídalos en tu nombre, para que sean uno, como nosotros