A lo largo de mi vida he conocido gente a la que le encanta pelear. Suficiente con una pequeña provocación para que se llenen de enojo y para comenzar una “cruzada” en su favor. Algunos llegan fácilmente a la agresión física y a herir a otro semejante.
Del mismo modo también conozco gente que nunca pelea. Pacífica por donde se la mire. Personas que soportan críticas e interpretan las cosas del mejor modo, tratando de ir siempre al encuentro antes que al desencuentro.
Seguramente ustedes conocerán también ambos tipos de personas. Digamos que eso no sería algo extraordinario.
Lo realmente extraño se produce cuando vemos a alguien que es muy calmo en su modo de relacionarse con los demás, pelear. Entonces nos preguntamos: ¿Qué habrá sucedido para que “fulano” se enojara de tal manera. “Habrá sido algo realmente grave”. Y ahí nos acordamos de ese dicho que reza: “las aguas tranquilas son profundas”. También es cierto que cando se mueve toda esa agua, genera un gran revuelo.
Un sentimiento similar deben haber tenido aquellos que vieron a Jesús expulsando a los vendedores y cambistas del templo. ¿De dónde salió semejante energía? ¿Qué cosa tan grave habrá sucedido para que reaccione de ese modo?.
De hecho, era algo muy serio lo que estaba ocurriendo.
Se sabe que el templo de Jerusalén tenía el derecho de cobrar las tazas y de administrar su propia moneda. Allí sucedían los sacrificios de animales con los que la gente creía que podían ser expiadas sus culpas. Alguien debía pagar por el pecado y el error y entonces el camino más simple era ofreciendo un animal en sacrificio. Cosa rara desde nuestra mirada, pero aún hoy se hacen muchos sacrificios que justifiquen la vida. Muchos creen que caminando hacia determinado lugar van a ser mirados por Dios de un modo más justo, otros creen que haciendo algo que les resulta incómodo son justificados por Dios. Otros creen que sacrificando horas de la vida y tiempo de la familia a cambio de progreso económico. Someter y “sacrificar” a otros, en cambio de mi propio beneficio. En fin, maneras de “justificarse” y “sacrificarse”. Una vez alguien me llamó por teléfono, diciéndome que había conseguido el trabajo con el cual había soñado toda la vida y que para devolverle a Dios el favor, durante un año no iba a desayunar y tampoco se iba a sacar la barba. Es muy común eso aca en Misiones: creer que ante Dios, es necesario demostrar algo. Mi respuesta fue que desayunara mejor que lo que hacía antes, como señal se agradecimiento a Dios por la generosidad y por poder sentir que había sido muy bueno con él. Dios es absolutamente generoso.
Estos sacrificios que se hacían en el templo fueron generando todo un negocio, el negocio de los vendedores de animales, que los ofrecían para el sacrificio agradable a Dios. Por eso se instalaron allí, prácticamente adentro del templo. Esos animales debían ser perfectos y sin fallas. Si acaso alguien traía algún animal de la casa lo lógico eran que fueran rechazados por los inspectores, lo que favorecía que el precio que cobraban los vendedores del templo fuera casi siempre abusivo. Podemos imaginar lo que habrá sido el ambiente alrededor del templo y en el templo mismo. Ningún espacio meditativo ni de encuentro con Dios, al contrario... mucho miedo, desconfianza y frustración.
Creo que a esta altura podemos comprender el enojo de Jesús. Su visita al templo era realmente algo serio. El espacio del templo y el lugar en el que Dios habitaba se había corrompido hasta los límites insospechables. El enojo de Jesús no fue una cuestión de mal humor, sino a partir de algo profundo. El enojo de Jesús ronda el templo, pero va mucho más allá del templo: tiene que ver con corrupción y con injusticia.
Jesús se enojó y se peleó. Los echó a todos. Me puedo imaginar que sus palabras habrán sido firmes, fuertes, duras. Aquí marca una diferencia con nosotros, que solo lo imaginamos tranquilo, dejando que las cosas se acomoden solas en su lugar. En este caso pone muy bien los puntos sobres las “ies”. Jesús cuestiona y da un golpe al corazón de la vida política y religiosa del momento. Lo que mueve a Jesús es el amor por los más débiles, víctimas de ese sistema.
Ante la presencia de tantas iglesias que se multiplican en nombres y tamaños, muchas veces se habla diciendo que todas ellas son buenas. Muchas utilizan el miedo y la amenaza para atemorizan a las personas para “crecer”. La misma dinámica sucedía en el templo: aprovechar los temores de las personas y contra eso Jesús se enoja profundamente. Tenemos testimonio de personas que lograron escapar de estructuras como esas y que pudieron encontrar un Dios de amor y de misericordia.
Cuando lo que vemos a nuestro alrededor (en el aspecto que sea) es la injusticia, debemos tomar coraje en el ejemplo de Jesús. Claro, siempre hay un riesgo. El de ser acusado de subversivo, agitador, loco. A Jesús le sucedió lo mismo. Es necesario abrir nuestro corazón al sufrimiento de los demás, de los más débiles. Especialmente cuando el abuso viene por parte de quienes tienen un espacio de poder. Fue eso lo que Jesús hizo limpiando el templo.
En el templo, Jesús no solo actúa contra los aprovechadores, sino que al ver lo que se había convertido el lugar, se convenció que esa estructura ya no tenía sentido. Entondes habla de su destrucción y de sí como el nuevo templo. Los herederos de ese “templo” somos las iglesias. Fíjense tamaña responsabilidad. A partir de allí, es Jesús el lugar en el que Dios había elegido para habitar y que en tres días sería reconstruido (resurrección).
A partir de entonces es posible encontrar a un Dios vivo y pleno en Jesucristo. Ya no es necesario ningún sacrificio en vano... aunque los sigamos haciendo creyendo que así seremos mejores ante Dios. Jesús es el templo vivo y presente, hoy, mañana, semaña que viene, en diez años, toda la vida.
Ante la visita de Jesús al templo sabemos lo que encontró. Ahora bien, si viniera hoy ¿Qué cosas encontraría en las iglesias? ¿Qué cosas permanecerían al pasar su escoba y cuales limpiaría? ¿De qué nos limpiaría? ¿De qué debemos ser limpiados? ¿Qué cosas dejaría en pie en nuestra sociedad y cuales borraría de un plumazo?
Creo que el tiempo de cuaresma es un tiempo más que propicio para hacer una re lectura de nuestro modo de ser cristianos y nuestros modos de ser comunidad e iglesia. Que el Evangelio nos conseve fieles a Jesús y si acaso necesitamos, que nos convierta. Una y otra vez que nos convierta.
Que Dios nos bendiga hoy y siempre.
Eugenio Albrecht
Marzo de 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario