En cierta oportunidad participé de un encuentro de estudiantes de teología y seminaristas judíos y cristianos en Uruguay. Éramos un grupo de unos 15 estudiantes. Había compañeros de ISEDET, seminaristas católicos y jóvenes que se estaban formando en el seminario rabínico latinoamericano de Bs As. Compartimos unos lindos días de talleres en los cuales nos pudimos conocer más allá de las diferencias y los diferentes modos de celebrar a Dios en comunidad.
Al regreso hacia Buenos Aires nos tomamos el barco para cruzar los 50 kilómetros que tiene el Río de la Plata entre la ciudad de Colonia y Bs As. Ese viaje demora en total unas 3 horas y media. La cuestión fue que mas o menos a la hora y medie de viaje, el tiempo comenzó a empeorar y de repente como de la nada se desató una tremenda tormenta. Teníamos 25 kilómetros de río para cualquiera de las orillas. Realmente el barco no tenía otra escapatoria que seguir adelante, porque era lo mismo regresar a Colonia o seguir hasta Buenos Aires. Entonces, al mejor estilo de una película de suspenso nos avisaron a los pasajeros que mantuviéramos la calma porque continuaríamos viaje hasta arribar a Buenos Aires.
La esperanza de todos era que la tormenta se fuera calmando. Pero eso no sucedió y muy por el contrario, el viento y la lluvia fueron cada vez más fuerte, a punto tal que el barco (con unos 500 pasajeros) se movía cada vez más, a punto de sentir como chirriaba. Se balanceaba tanto que era posible ver el agua primero a un costado por la ventanilla y a los pocos segundos al otro costado. Se bamboleaba de un lado para otro.
Realmente era un momento bastante tenso para muchos de los pasajeros y algunos comenzaron a desesperarse.
Era interesante ver como reaccionaban las diferentes personas. Había desde la mujer que se puso a rezar el rosario, hasta aquellos que jugaban a las cartas y algunos que inclusive comían sanguichito que llevaban en el bolso de mano. Lo que para algunos era una situación desesperante, para otros era algo simple.
Me pregunté en ese momento ¿Por qué razón era de ese modo? ¿Cómo puede ser que algo que para unos puede ser desesperante, otros lo pueden tomar con mucha calma y tranquilidad?. Realmente eso me quedó dando vueltas en ese momento. Después quiero retomar esta pregunta.
En nuestro texto de hoy leemos que los discípulos estaban en un barco y de repente sintieron mucho miedo. La tormenta los azotaba y creyeron que podrían morir. Junto a ellos había otros barcos. Ante esa situación Jesús dormía plácidamente con su almohada y no se daba por enterado de lo que estaba sucediendo.
Hay un detalle en el hecho de los especialistas en navegación son en verdad los discípulos, que son pescadores en su mayoría y por lo tanto se supone que sabían como manejarse en este tipo de situaciones. A ellos también se le queman los libros y necesitan recurrir. Lo hacen al igual que nosotros, cuando ya están todos los papeles quemados y ya no tienen manera de resolver por sus propia fuerza y sabiduría, entonces recurren a Jesús.
Estar en el medio del barco y sentir miedo.
¿Con qué situaciones podríamos relacionar esto? ¿En qué situaciones humanas nos podríamos como en un barco que bambolea en medio de la tormenta? Me refiero a las situaciones en las cuales podemos llegar a sentir que el temporal y el vendaval que nos azota es tan fuerte que puede hacer que se hunda nuestro barco.
Ahora bien, cuando eso sucede. ¿Cómo encontrar paz? (La paz de la que Jesús habla) ¿Cómo encontrar tranquilidad frente a los vientos fuertes en los que de repente nos encontramos metidos?. Jesús les dijo: “¿Ustedes no tienen fe? ¿No tienen confianza?”. Les dio un pequeño reto.
Realmente en medio de la tormenta uno cree haber perdido todo aquello que tenía: seguridad, fuerza, confianza, fe, valor, coraje... porque se siente amenazado. Justamente eso hace que nos sintamos de esa manera. Se siente que todo puede ir por la borda. Tal cual esos discípulos desesperados.
Miremos un poco al texto: Luego de que Jesús calmó la tormenta, les hizo una pregunta. Una pregunta muy simple, pero que ayuda a deshilvanar la confusión. La pregunta va además al fondo de la cuestión: “¿A qué le tienen miedo?” “¿Dónde está la fe de ustedes?”.
¿Por qué tenes miedo? ¿A qué le tenés miedo?. Pequeña pregunta se nos plantea.
Es una pregunta muy profunda la que hace Jesús, porque implica una búsqueda en la cual debemos pasar en limpio todo lo que me está pasando y tratar entonces de puntualizar sin perdernos en la maraña de inseguridad y falta de esperanza. “¿A qué le tenés miedo?”.
Esa pregunta nos ayuda a no mezclar todo, par ir al fondo de lo que nos pasa. Ir al grano de lo que sucede, poder definir con claridad donde estoy yo parado. Cuáles son las cosas que yo tengo a mi favor.
Y aparece una segunda pregunta que complementa y refuerza la primera. Luego de revisar la vida y darse cuenta dónde están parados, les pregunta “¿Acaso no tienen fe?”.
Poder darme cuenta sobre qué me paraliza, me va a hacer darme cuenta automáticamente qué es lo que a mi me fortalece. Entonces podré aferrarme.
Y ahora vuelvo a la pregunta que hoy había dejado abierta.
Cómo puede ser que ante determinadas situaciones, hay quienes se desesperan y pueden llegar a tirar todo por la borda y sin embargo hay quienes pueden encontrar un camino de paz y de confianza a pesar de la tormenta.
¿Qué será lo que hace la diferencia?.
La confianza del barco de los discípulos estaba en aquel que estaba durmiendo y que se levantó y entonces se dieron cuenta que no estaban solos. La confianza nuestra es la misma.
Vendavales... ¿Cuántos habrá todavía?.
Tormentas... ¿Cuántas vendrán?.
Pero en nuestro barco viaja un capitán hermanos. El que hace la diferencia.
Dame más fe que da el valor, que ayuda al débil a triunfar. Que todo sufre con amor y puede en el dolor cantar. Que pueda el cielo escalar, o aquí con Cristo caminar.
Dame la fe Señor Jesús... que es capaz de sostenernos en medio de la tormenta.
Que Dios nos bendiga en este día. Que podamos entender que nuestro barco no está a la deriva y no se queda tirado en el medio del viento. Hay quien lo maneja con mucho cuidado y sobre cuidando y velando por cada uno de nosotros.
pastor Eugenio Albrecht
Al regreso hacia Buenos Aires nos tomamos el barco para cruzar los 50 kilómetros que tiene el Río de la Plata entre la ciudad de Colonia y Bs As. Ese viaje demora en total unas 3 horas y media. La cuestión fue que mas o menos a la hora y medie de viaje, el tiempo comenzó a empeorar y de repente como de la nada se desató una tremenda tormenta. Teníamos 25 kilómetros de río para cualquiera de las orillas. Realmente el barco no tenía otra escapatoria que seguir adelante, porque era lo mismo regresar a Colonia o seguir hasta Buenos Aires. Entonces, al mejor estilo de una película de suspenso nos avisaron a los pasajeros que mantuviéramos la calma porque continuaríamos viaje hasta arribar a Buenos Aires.
La esperanza de todos era que la tormenta se fuera calmando. Pero eso no sucedió y muy por el contrario, el viento y la lluvia fueron cada vez más fuerte, a punto tal que el barco (con unos 500 pasajeros) se movía cada vez más, a punto de sentir como chirriaba. Se balanceaba tanto que era posible ver el agua primero a un costado por la ventanilla y a los pocos segundos al otro costado. Se bamboleaba de un lado para otro.
Realmente era un momento bastante tenso para muchos de los pasajeros y algunos comenzaron a desesperarse.
Era interesante ver como reaccionaban las diferentes personas. Había desde la mujer que se puso a rezar el rosario, hasta aquellos que jugaban a las cartas y algunos que inclusive comían sanguichito que llevaban en el bolso de mano. Lo que para algunos era una situación desesperante, para otros era algo simple.
Me pregunté en ese momento ¿Por qué razón era de ese modo? ¿Cómo puede ser que algo que para unos puede ser desesperante, otros lo pueden tomar con mucha calma y tranquilidad?. Realmente eso me quedó dando vueltas en ese momento. Después quiero retomar esta pregunta.
En nuestro texto de hoy leemos que los discípulos estaban en un barco y de repente sintieron mucho miedo. La tormenta los azotaba y creyeron que podrían morir. Junto a ellos había otros barcos. Ante esa situación Jesús dormía plácidamente con su almohada y no se daba por enterado de lo que estaba sucediendo.
Hay un detalle en el hecho de los especialistas en navegación son en verdad los discípulos, que son pescadores en su mayoría y por lo tanto se supone que sabían como manejarse en este tipo de situaciones. A ellos también se le queman los libros y necesitan recurrir. Lo hacen al igual que nosotros, cuando ya están todos los papeles quemados y ya no tienen manera de resolver por sus propia fuerza y sabiduría, entonces recurren a Jesús.
Estar en el medio del barco y sentir miedo.
¿Con qué situaciones podríamos relacionar esto? ¿En qué situaciones humanas nos podríamos como en un barco que bambolea en medio de la tormenta? Me refiero a las situaciones en las cuales podemos llegar a sentir que el temporal y el vendaval que nos azota es tan fuerte que puede hacer que se hunda nuestro barco.
Ahora bien, cuando eso sucede. ¿Cómo encontrar paz? (La paz de la que Jesús habla) ¿Cómo encontrar tranquilidad frente a los vientos fuertes en los que de repente nos encontramos metidos?. Jesús les dijo: “¿Ustedes no tienen fe? ¿No tienen confianza?”. Les dio un pequeño reto.
Realmente en medio de la tormenta uno cree haber perdido todo aquello que tenía: seguridad, fuerza, confianza, fe, valor, coraje... porque se siente amenazado. Justamente eso hace que nos sintamos de esa manera. Se siente que todo puede ir por la borda. Tal cual esos discípulos desesperados.
Miremos un poco al texto: Luego de que Jesús calmó la tormenta, les hizo una pregunta. Una pregunta muy simple, pero que ayuda a deshilvanar la confusión. La pregunta va además al fondo de la cuestión: “¿A qué le tienen miedo?” “¿Dónde está la fe de ustedes?”.
¿Por qué tenes miedo? ¿A qué le tenés miedo?. Pequeña pregunta se nos plantea.
Es una pregunta muy profunda la que hace Jesús, porque implica una búsqueda en la cual debemos pasar en limpio todo lo que me está pasando y tratar entonces de puntualizar sin perdernos en la maraña de inseguridad y falta de esperanza. “¿A qué le tenés miedo?”.
Esa pregunta nos ayuda a no mezclar todo, par ir al fondo de lo que nos pasa. Ir al grano de lo que sucede, poder definir con claridad donde estoy yo parado. Cuáles son las cosas que yo tengo a mi favor.
Y aparece una segunda pregunta que complementa y refuerza la primera. Luego de revisar la vida y darse cuenta dónde están parados, les pregunta “¿Acaso no tienen fe?”.
Poder darme cuenta sobre qué me paraliza, me va a hacer darme cuenta automáticamente qué es lo que a mi me fortalece. Entonces podré aferrarme.
Y ahora vuelvo a la pregunta que hoy había dejado abierta.
Cómo puede ser que ante determinadas situaciones, hay quienes se desesperan y pueden llegar a tirar todo por la borda y sin embargo hay quienes pueden encontrar un camino de paz y de confianza a pesar de la tormenta.
¿Qué será lo que hace la diferencia?.
La confianza del barco de los discípulos estaba en aquel que estaba durmiendo y que se levantó y entonces se dieron cuenta que no estaban solos. La confianza nuestra es la misma.
Vendavales... ¿Cuántos habrá todavía?.
Tormentas... ¿Cuántas vendrán?.
Pero en nuestro barco viaja un capitán hermanos. El que hace la diferencia.
Dame más fe que da el valor, que ayuda al débil a triunfar. Que todo sufre con amor y puede en el dolor cantar. Que pueda el cielo escalar, o aquí con Cristo caminar.
Dame la fe Señor Jesús... que es capaz de sostenernos en medio de la tormenta.
Que Dios nos bendiga en este día. Que podamos entender que nuestro barco no está a la deriva y no se queda tirado en el medio del viento. Hay quien lo maneja con mucho cuidado y sobre cuidando y velando por cada uno de nosotros.
pastor Eugenio Albrecht
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