¿A qué le tienen miedo? (Marcos 4, 35 - 41)



En cierta oportunidad participé de un encuentro de estudiantes de teología y seminaristas judíos y cristianos en Uruguay. Éramos un grupo de unos 15 estudiantes. Había compañeros de ISEDET, seminaristas católicos y jóvenes que se estaban formando en el seminario rabínico latinoamericano de Bs As. Compartimos unos lindos días de talleres en los cuales nos pudimos conocer más allá de las diferencias y los diferentes modos de celebrar a Dios en comunidad.

Al regreso hacia Buenos Aires nos tomamos el barco para cruzar los 50 kilómetros que tiene el Río de la Plata entre la ciudad de Colonia y Bs As. Ese viaje demora en total unas 3 horas y media. La cuestión fue que mas o menos a la hora y medie de viaje, el tiempo comenzó a empeorar y de repente como de la nada se desató una tremenda tormenta. Teníamos 25 kilómetros de río para cualquiera de las orillas. Realmente el barco no tenía otra escapatoria que seguir adelante, porque era lo mismo regresar a Colonia o seguir hasta Buenos Aires. Entonces, al mejor estilo de una película de suspenso nos avisaron a los pasajeros que mantuviéramos la calma porque continuaríamos viaje hasta arribar a Buenos Aires.

La esperanza de todos era que la tormenta se fuera calmando. Pero eso no sucedió y muy por el contrario, el viento y la lluvia fueron cada vez más fuerte, a punto tal que el barco (con unos 500 pasajeros) se movía cada vez más, a punto de sentir como chirriaba. Se balanceaba tanto que era posible ver el agua primero a un costado por la ventanilla y a los pocos segundos al otro costado. Se bamboleaba de un lado para otro.

Realmente era un momento bastante tenso para muchos de los pasajeros y algunos comenzaron a desesperarse.

Era interesante ver como reaccionaban las diferentes personas. Había desde la mujer que se puso a rezar el rosario, hasta aquellos que jugaban a las cartas y algunos que inclusive comían sanguichito que llevaban en el bolso de mano. Lo que para algunos era una situación desesperante, para otros era algo simple.

Me pregunté en ese momento ¿Por qué razón era de ese modo? ¿Cómo puede ser que algo que para unos puede ser desesperante, otros lo pueden tomar con mucha calma y tranquilidad?. Realmente eso me quedó dando vueltas en ese momento. Después quiero retomar esta pregunta.
En nuestro texto de hoy leemos que los discípulos estaban en un barco y de repente sintieron mucho miedo. La tormenta los azotaba y creyeron que podrían morir. Junto a ellos había otros barcos. Ante esa situación Jesús dormía plácidamente con su almohada y no se daba por enterado de lo que estaba sucediendo.

Hay un detalle en el hecho de los especialistas en navegación son en verdad los discípulos, que son pescadores en su mayoría y por lo tanto se supone que sabían como manejarse en este tipo de situaciones. A ellos también se le queman los libros y necesitan recurrir. Lo hacen al igual que nosotros, cuando ya están todos los papeles quemados y ya no tienen manera de resolver por sus propia fuerza y sabiduría, entonces recurren a Jesús.
Estar en el medio del barco y sentir miedo.

¿Con qué situaciones podríamos relacionar esto? ¿En qué situaciones humanas nos podríamos como en un barco que bambolea en medio de la tormenta? Me refiero a las situaciones en las cuales podemos llegar a sentir que el temporal y el vendaval que nos azota es tan fuerte que puede hacer que se hunda nuestro barco.

Ahora bien, cuando eso sucede. ¿Cómo encontrar paz? (La paz de la que Jesús habla) ¿Cómo encontrar tranquilidad frente a los vientos fuertes en los que de repente nos encontramos metidos?. Jesús les dijo: “¿Ustedes no tienen fe? ¿No tienen confianza?”. Les dio un pequeño reto.

Realmente en medio de la tormenta uno cree haber perdido todo aquello que tenía: seguridad, fuerza, confianza, fe, valor, coraje... porque se siente amenazado. Justamente eso hace que nos sintamos de esa manera. Se siente que todo puede ir por la borda. Tal cual esos discípulos desesperados.

Miremos un poco al texto: Luego de que Jesús calmó la tormenta, les hizo una pregunta. Una pregunta muy simple, pero que ayuda a deshilvanar la confusión. La pregunta va además al fondo de la cuestión: “¿A qué le tienen miedo?” “¿Dónde está la fe de ustedes?”.

¿Por qué tenes miedo? ¿A qué le tenés miedo?. Pequeña pregunta se nos plantea.
Es una pregunta muy profunda la que hace Jesús, porque implica una búsqueda en la cual debemos pasar en limpio todo lo que me está pasando y tratar entonces de puntualizar sin perdernos en la maraña de inseguridad y falta de esperanza. “¿A qué le tenés miedo?”.

Esa pregunta nos ayuda a no mezclar todo, par ir al fondo de lo que nos pasa. Ir al grano de lo que sucede, poder definir con claridad donde estoy yo parado. Cuáles son las cosas que yo tengo a mi favor.

Y aparece una segunda pregunta que complementa y refuerza la primera. Luego de revisar la vida y darse cuenta dónde están parados, les pregunta “¿Acaso no tienen fe?”.
Poder darme cuenta sobre qué me paraliza, me va a hacer darme cuenta automáticamente qué es lo que a mi me fortalece. Entonces podré aferrarme.

Y ahora vuelvo a la pregunta que hoy había dejado abierta.
Cómo puede ser que ante determinadas situaciones, hay quienes se desesperan y pueden llegar a tirar todo por la borda y sin embargo hay quienes pueden encontrar un camino de paz y de confianza a pesar de la tormenta.

¿Qué será lo que hace la diferencia?.

La confianza del barco de los discípulos estaba en aquel que estaba durmiendo y que se levantó y entonces se dieron cuenta que no estaban solos. La confianza nuestra es la misma.
Vendavales... ¿Cuántos habrá todavía?.
Tormentas... ¿Cuántas vendrán?.

Pero en nuestro barco viaja un capitán hermanos. El que hace la diferencia.
Dame más fe que da el valor, que ayuda al débil a triunfar. Que todo sufre con amor y puede en el dolor cantar. Que pueda el cielo escalar, o aquí con Cristo caminar.

Dame la fe Señor Jesús... que es capaz de sostenernos en medio de la tormenta.


Que Dios nos bendiga en este día. Que podamos entender que nuestro barco no está a la deriva y no se queda tirado en el medio del viento. Hay quien lo maneja con mucho cuidado y sobre cuidando y velando por cada uno de nosotros.

pastor Eugenio Albrecht

Semilla que crece...

Jesús dijo también: «El reino de Dios es como cuando un hombre arroja semilla sobre la tierra: ya sea que él duerma o esté despierto, de día y de noche la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. Y es que la tierra da fruto por sí misma: primero sale una hierba, luego la espiga, y después el grano se llena en la espiga; y cuando el grano madura, enseguida se mete la hoz, porque ya es tiempo de cosechar.»
También dijo: «¿Con qué vamos a comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola nos sirve de comparación? Puede compararse con el grano de mostaza, que al sembrarlo en la tierra es la más pequeña de todas las semillas, pero que después de sembrada crece hasta convertirse en la más grande de todas las plantas, y echa ramas tan grandes que aun las aves pueden poner su nido bajo su sombra.» (Marcos 4: 26 - 34)

El texto de hoy nos está tirando algunas líneas más para profundizar este tiempo de Pentecostés que hemos iniciado hace dos domingos. Nos habla del Reino de Dios como una semilla que alguien siembra. La semilla que alguien siembra y que da lo mismo estar despierto o dormido, lo mismo la semilla crece y se transforma en planta.

Nos hace recordar las cosas que cuando tienen que darse, se dan. Nos habla también del tiempo que las cosas necesitan para madurar y para ocurrir.

Nos hace pensar la vida de fe como una semilla que se siembra y es capaz de crecer a la luz de lo que nos va pasando y ante lo cual vamos germinando, madurando.

Nos hace pensar en la espera por la cosecha. Pensar al Reino de Dios como una semilla, que es sembrada en la tierra y de la cual se espera que se transforme en una planta.
Pensemos un poco en una semilla a la luz de lo que dice el texto bíblico de hoy:
Una semilla no solo es una realidad, sino también es un proyecto de algo mucho mayor. Es una promesa de futuro y que todo no quedará en ella.

Eso sí, para que la semilla no sea solamente un presente y se convierta en algo grande, no debemos quedarnos con la semilla en la mano, con la idea, con las ganas, con el querer... sino que es necesario que sea sembrada, puesta en tierra fértil. Es necesario que sea regala, cultivada y cuidada. Sino solamente nos vamos a quedar con misterio de pensar cómo hubiera sido el árbol en caso de habernos animado a sembrarla.

Decíamos que la semilla es una realidad, una promesa, un proyecto, un misterio. En este texto se identifica al Reino de Dios con una semilla. Ese Reino que anhelamos se manifieste entre nosotros en lo cotidiano.

Igual que ocurre con la semilla, que necesita ser sembrada para crecer, para que el Reino de Dios crezca es necesario que soñemos, que busquemos la justicia, que aprendamos a convivir mejor, que apostemos a respetarnos los unos a los otros, que juguemos limpio en nuestras relaciones, que vivamos una vida de fe y no de apariencias, que luchemos por un mundo más digno para todos los hombres y mujeres que habitamos en lo que Dios nos ha dado.

Acá hay mucha gente que nació y se crió en la chacra. Hoy les voy a hacer una pregunta muy simple pero que nadie me va a poder responder, simplemente porque no tiene respuesta. La pregunta es ¿Por qué la semilla crece?.

Lo que podemos explicar es cómo la semilla crece, pero no podemos explicar por qué razón la semilla crece. Si se dan las condiciones, sucede y punto!.

Tal cual la semilla crece a partir de la dinámica interna que ella misma tiene. En nuestra siembra de todos los días deberíamos añadir una dosis importante de fertilizante, que tiene que ver con la confianza y la esperanza de que Dios actúa en medio nuestro y en nuestras vidas y en las vidas de las persona. Entonces aquella semilla que debe germinar germinará... rápido o lentamente. A su momento.

Cuentan que en la década de 1930, un joven viajero exploraba los Alpes Franceses. Un día llegó a un lugar donde la tierra era bastante árida y desolada. No era un muy lindo de ver. Más bien daban ganas de buscar algo con más naturaleza que quedarse ahí.

Entonces -de repente-, el viajero miró a lo lejos y le parecía ver algo. Se detuvo y se levantó sobre sus talones y miró con sorpresa: En medio de ese lugar desolado, había un anciano encorvado que cargaba una bolsa sobre su espalda. En sus manos tenía un tubo de hierro. En la bolsa llevaba bellotas y con el tubo de hierro hacía agujeros y colocaba las bellotas en los hoyos que hacía.
El anciano se dio cuenta que el viajero lo estaba mirando y entonces se acercó y sin saludarlo le dijo: "Hasta ahora llevo sembradas muchas bellotas. Quizás tan sólo algunas de ellas van a germinar, pero la verdad que me encanta esto que estoy haciendo... por eso lo hago... ".

Veinticinco años más tarde, el ahora no tan joven viajero regresó al mismo lugar desolado y lo que vio lo sorprendió: La tierra estaba cubierta con un hermoso bosque de roble de tres kilómetros de ancho y ocho de largo. En ese lugar ahora había aves, flores y algún que otro animalito. Todo se había transformado gracias a que aquel anciano había decidido sembrar a pesar de que sabía que el bosque lo verían los demás.

Hermanos... lo que sembramos es lo que a la larga vamos a terminar cosechando. Tarde o temprano eso va a suceder.

El Reino de Dios también es una siembra. Una semilla no nace sola... el Reino de Dios tampoco, porque no es algo abstracto, sino que está compuesto por nuestras actitudes, nuestros gestos, nuestras ganas de hacer...

Y como la semilla, puede crecer y transformarse en algo pleno...

AMEN.

Pastor Eugenio Albrecht

El Espíritu Santo como abogado defensor (Juan 15: 26 - 27)

Pero cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre y a quien yo les enviaré de parte del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio (Juan 15: 26 - 27)

Muchos niños (dicen que el 50 % de los niños) utilizan algún elemento para dormir y en el cual buscar una especie de compañía. Algunos se aferran a un oso de peluche, otros a un trapito que siempre tiene que ser el mismo y no puede ser cambiado, otros a un chupete, otros a una almohada. Quizás eso mismo le haya sucedido a muchos de ustedes. Son además recuerdos muy lindos para los padres: recordar este tipo de cosas, especialmente ante la realidad de que sus hijos ya están crecidos y grandes.

Lo que el niño busca en este tipo de cosas es seguridad, sentirse acompañado, sentirse consolado. Casí sin darse cuenta, se aferra a un elemento que le ayuda a encontrar tranquilidad y paz en medio de la noche.

Este simple ejemplo nos puede ayudar a los adultos a pensar sobre cuáles son las cosas ante las cuales nos sentimos inseguros. No hablo ahora de los robos y esto tan desagradable y cada vez más común en nuestro medio.

Una mirada hacia las actitudes y comportamientos que solemos tener, nos podría hacer mencionar, entre otras cosas la inseguridad que generan: los cambios, las cosas nuevas, la situación de tener asumir nuevos desafíos en la vida, encontrarse ante la situación de no conocer lo que vendrá, no tener en claro el futuro en cuanto a lo económico, el miedo a la frustración, la dependencia emocional, sentirse desprotegido, cuando uno se siente que está sólo y hay decisiones y caminos que enfrentar y sin embargo siente que todo el peso recae sobre uno mismo. Y podríamos agregar varias otras cosas a nivel personal, cosas que nos tocan y que a veces nos dejan dubitativos. Cosas que no sabemos como manejar. Eso es lo que genera la situación de sentir inseguridad.

En verdad el algo inherente a la vida la necesidad de sentirse contenidos. Es casi una necesidad básica. Por eso, ante la mínima sensación de inestabilidad puede aparecer todo ese abanico de situaciónes en las que se refleja la inseguridad, como les comentaba recién.

Ahora bien, muchas veces ante esta amenaza latente que puede ser la inseguridad que puede ver por varios factores que hemos mencionado (futuro económico, cambios, fracaso, etc) algunas veces queriendo prevenirse ante la inseguridad, el ser humano se termina aferrando a falsas seguridades. Entonces puede ocurrir, que al igual que el niño que busca fortaleza en un osito de peluche, nos terminamos aferrando a ciertas cosas, creyendo que con ellas estaremos a salvo. ¿Cuáles serán los chupetes que nos entretienen una vez que dejamos el chupete y el oso de peluche?. A veces esta necesidad de tener de antemano cosas que nos ayudan a aferrarnos creo que nos juega una mala pasada. Más de una vez, a través de estos chupetes creemos que estamos a salvo, pero recién cuando nos suceden cosas difíciles de verdad podemos entender por donde pasa la seguridad y que lo único que salva es la posibilidad de confiar en Dios. Ahí podemos comprender esto que muchas veces se escucha decir que lo demás es realmente pasajero y efimero... que va y viene. Esto no es una frase hecha, porque realmente es así.

Algunas veces los osos de peluche y los chupetes de los que nos agarramos nos hacen olvidar que finalmente, ante Dios todos nos presentaremos tal cual hemos como hemos venido al mundo, sin nada. Sólos frente a Dios. Ahí nos ingualamos todos.

Por eso es muy importante preguntarnos ahora en qué / quién nos aferramos cuando nos sentimos solos o desamparados.

Ayer me decía una señora que está prácticamente sola en el mundo, porque no tiene a nadie: sus hijos están lejos, parientes casi no tiene... Yo entonces le preguntaba sobre su soledad y sobre el hecho de tener que vivir practicamente sin poder contar con nadie, más allá de sus amigos y conocidos. Ella entonces me respondió: “Yo no estoy sola, en medio de la noche yo se que hay alguien que me acompaña”.

Una situación de desamparo, era lo que le tocaba a la comunidad a la que el Evangelista Juan escribe el texto que hemos leído. Esa comunidad eran un pequeño grupo, en medio de una inmensa mayoría abrumadora de judíos ortodoxos. Nosotros sabemos lo que significa ser una iglesia minoritaria y ser atacado por mayorías y además encontrarnos ante la necesidad de explicar quienes somos y como es nuestro modo de vivir la fe. Eso le sucedía a esa pequeña comunidad que aún ni tenía plena certeza de lo que significaba su fe en Jesús. A ellos les hace recordar lo que Jesús les decía a los discípulos: “aunque yo ya no esté en cuerpo con ustedes, les envío otro consolador...”. Alguien que consuele y que en medio de la inseguridad. En algunas versiones de la Biblia se usa la palabra paracleta. Paracleta significa “abogado defensor”. Fijénse a quien nos envía Jesús, un defensor que es capaz de batallar con nosotros hasta la última lucha de nuestra vida. Así como el abogado defiende al inocente en el juicio. Así, Dios nos envía el Espíritu Santo, para defendernos... aún cuando creemos que la batalla ya está perdida y que no tiene sentido batallarla, como pudo haber pasado en la comunidad de Juan, una comunidad minoritaria que sentía el bombardeo y el contínuo ataque.
Como diciendo: “Acuerdense, ustedes tienen un defensor”. Ese es el Espíritu Santo. La fiesta de pentecostés es eso. Hoy celebramos la llegada de ese defensor de cada uno de nosotros.
Quiera Dios hacernos acordar esto. Hacernos recordar que Él ya nos ha enviado uno para estar a nuestro lado.

¿No lo vemos?. Con los ojos no... pero sí es posible darnos cuenta de su presencia y su acción en nuestro medio. Así como cuando encendemos un ventilador y no podemos ver el viento, pero sí sentir su efecto... también así podemos sentir la presencia del paracleto, del ES, en la oración, en el encuetro comunitario, en la mano del otro, en la oportunidad de servir, en la oportunidad de poder sentirme en comunión... podemos sentir.

Así como vino, nunca se fue y sigue habitando entre nosotros.
Que podamos recordar esto, especialmente en aquellas situaciones en las que nos aferramos a las falsas seguridades y los osos de peluches y chupetes a los que nos agarramos. Y también en las otras tantas veces en las que sentimos que no hay nadie que es capaz de defendernos y batallar con nosotros. Dios sí es capaz de hacerlo. Amén

Eugenio Albrecht

La salida del laberinto: reflexión sobre Juan 17, 11

Reflexión compartida en la comunidad de San Javier el domingo 20 de mayo durante el culto a las 20 horas



Y ya no estoy en el mundo; pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, cuídalos en tu nombre, para que sean uno, como nosotros

Ovejas bajo cuidado del pastor: mensaje sobre Juan 10, 11 - 18

Audio con el mensaje del culto del día el 28 de abril durante el culto en la comunidad de Cerro Azul.

 

Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, huye y abandona las ovejas cuando ve venir al lobo, y el lobo las arrebata y las dispersa.Al que es asalariado, no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor. Yo conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre; y yo pongo mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a aquéllas debo traer, y oirán mi voz, y habrá un rebaño y un pastor. Por eso el Padre me ama, porque yo pongo mi vida para volver a tomarla. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mi propia cuenta. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volver a tomarla. Este mandamiento lo recibí de mi Padre.»

Ningún fantasma: reflexión sobre el texto de Lucas 24: 35 - 53

En la época de Jesús había una creencia sobre la existencia de fantasmas. Se creía que habían muchos de esos entes dando vueltas por todos lados y que en verdad podían hacer algo a las personas. Las personas estaban aterrorizadas y realmente la pasaban muy mal. En ese tiempo era muy difícil iluminar. Apenas caía el sol y el mundo era una penumbra. Esto sin dudas favorecía a que las personas se hicieran este tipo de imágenes y se pusieran muy miedosos ante la presencia de la noche. La oscuridad traía inseguridad y terror.

Pasaron muchos años y sin embargo a pesar de que nuestro mundo está iluminado gracias al invento de la energía eléctrica, todavía son muchísimas las personas que siguen creyendo de la misma manera. Conozco quienes se dicen cristianos pero con seguridad están más seguros de la existencia de fantasmas que de Dios. Ven a la religiosidad como una especie de guerra entre el bien y el mal, donde de un lado del campo de batalla está Dios y del otro una serie de personajes fantasmagólicos. Entonces en esa lucha esperan que triunfe Dios, porque sino les va a ir demasiado mal. Eso creen.
Claro, en ese camino parece que todo es válido: cinta roja en el paragolpe del auto, colocar una herradura de caballos detrás de la puerta, cruzar los dedos, llevar una imagen en la billetera, tener una imagen en la casa...

Tal como recién acabamos de compartir en la lectura, los discípulos están con tanto miedo e inclusive el texto nos da testimonio de que cuando Jesús aparece, todos ellos creen que están en presencia de un fantasma. Ante esa reacción la respuesta de Jesús es: “Paz a ustedes”. Como diciendo, “tranquilo, yo estoy con ustedes”. Es el modo que elige para saludar a esos seres humanos llenos de confusión y hundidos en el fracaso.

Después les mostró las manos y el costado donde estaban clavados los clavos y había sido herido por los soldados. Aún así ellos no podían terminar de entender lo que estaba sucediendo.
Entonces Jesús les explica (en el v. 46) lo que había sucedido y les dice que ellos eran los testigos de esas cosas. Esto es simbólico y de mucho valor: ser testigo de algo que uno no conoce bien y no entiende bien. Ser cristiano es un poco eso: vivir una esperanza que a veces no se sabe explicar muy bien. Ser cristiano no se explica, se vive.

La buena noticia de la resurrección no es para que los entendidos la transmitan, sino para quienes están dispuestos a “ser testigos” del resucitado.

Casi al final de nuestro texto dice que los discípulos salen de Jerusalén y que mientras Jesús los bendecia fue llevado al cielo. De esa manera, la misión de Jesús como ser humano había llegado al final y a partir de ese momento la tarea de hacer que el mundo sea cada día un poco mejor le tocaba a los discípulos. Ahora nos toca a nosotros. Ser testigos de la resurrección en medio de un mundo cuyo sistema económico y social está cada vez más volcado hacia la reproducción de la muerte. Allí, aquí, acá... somos testigos de la resurrección y el llamado es a vivirla en lo cotidiano.

¿Qué sucede para que de esa supuesta visión de fantasmas finalmente los discípulos logren entender que en verdad no existía ningún fantasma y en su lugar había algo mucho mejor que era Jesús, que se acercaba a ellos, dándole finalmente una misión universal?

En los vv 41 y 42 Jesús pide algo para comer y se alimenta con ellos. Comparte lo más cotidiano que es la comida. ¿Podemos darnos cuenta que Dios comparte lo más cotidiano o acaso seguimos imaginandolo muy distante y ante la duda preferimos aferrarnos a cosas sin sentido en las cuales buscamos protección, en otras tantas nos escondemos o bien basamos nuestro temor?

Al igual que la realidad de los discípulos, muchos son los fantasmas que opacan la presencia de Dios, que ponen un manto de niebla a nuestra fe que decimos tener.

Hoy los cristianos se han vuelto inseguros en su relación con Dios. Parece que Dios no está de moda y hay muchas otras cosas más “atractivas” y “brillantes” que la fe. Por eso los fantasmas se multiplican y los miedos y la imposibilidad de ver aún viendo.


Quiera Dios que podamos reconocer siempre la voz de Jesús, ese buen pastor que invita a buscarlo y reconocerlo especialmente cuando creemos que vemos “fantasmas” que opacan nuestra mirada. Confiemos en el Cristo resucitado, porque Él vive con nosotros y al igual que los discípulos, pone cosas muy importantes en nuestras manos.

Eugenio Albrecht
Abril de 2012

La duda y el miedo: mensaje sobre Juan 20: 19 - 29

Somos una generación que debe pasar todo por la experiencia de la comprobación científica. Para poder estar seguros de algo, es necesario remitirnos a las pruebas. En caso contrario nos quedamos con la duda.

 La noche de ese mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada en un lugar, por miedo a los judíos. En eso llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz sea con ustedes.» Y mientras les decía esto, les mostró sus manos y su costado. Y los discípulos se regocijaron al ver al Señor. Entonces Jesús les dijo una vez más: «La paz sea con ustedes. Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.» Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.»   Pero Tomás, uno de los doce, conocido como el Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Entonces los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Y él les dijo: «Si yo no veo en sus manos la señal de los clavos, ni meto mi dedo en el lugar de los clavos, y mi mano en su costado, no creeré.»
  Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez a puerta cerrada, y Tomás estaba con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús llegó, se puso en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con ustedes.» Luego le dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»Entonces Tomás respondió y le dijo: «¡Señor mío, y Dios mío!» Jesús le dijo: «Tomás, has creído porque me has visto. Bienaventurados los que no vieron y creyeron.»

¿Qué sucede aquí con Tomás?.
Muy simple!. Tomás se remite a las pruebas y a la más contundente lógica humana: Jesús había sido crucificado, muerto y sepultado, por lo tanto era una incongruencia total lo que estaban diciendo sus compañeros.
La historia del cristianismo ha juzgado a Tomás como el incrédulo, pero está en deventaja respecto de los otros discípulos: llegó más tarde y no vió lo que los demás sí ya habían visto.
Realmente nuestro texto nos abre una buena puerta para hablar de algo inherente a todos los tiempor del ser humano, tal como lo es la duda.
Muchas veces se habla del beneficio a la duda o la reserva del derecho a dudar.
La pregunta es hasta qué punto la duda es buena (constructiva) y a partir de que momento pasa a ser negativo (destructivo).
Ante esta pregunta, hay que responder diciendo que la duda no es buena, ni mala, sino que el tema es ¿hacia dónde nos lleva? ¿A qué camino nos hace desembocar la duda?. Ese es el punto y la cuestión. Si vivimos dudando y basamos nuestra vida cotidiana en la duda y todo lo pasamos por el filtro de la duda o si acaso cabe la posibilidad, como le sucedió a Tomás, que al dudar de algo nos permite fortalecer lo que tenemos en el fondo del corazón como convicción. La duda le ayudó a Tomás a reestablecer su vínculo con Dios. Después de la duda aparece la convicción de parte de ese discípulo: “Señor mío y Dios mío”.
Este texto es realmente extraordinario para leerlo y pensarlo en comunidad, porque con este acontecimiento la iglesia cristiana comienza a dar los primeros pasos. La iglesia se pone en movimiento a pesar de los bloqueos y los encierros. A pesar de eso el Espíritu de Dios sopló.
Los amigos de Jesús, miedosos y atemorizados, recibieron el espíritu Santo de parte del propio Jesús. Este acontecimiento abre camino para un nuevo modo de relación con Jesús. Hasta allí, los que “creyeron” en él, confiaban en él como maestro y como guía, pero con la resurrección todo eso cambió de repente, para dar paso a algo nuevo. Eso nuevo que nos vincula al resucitado se llama fe y surge allí, en la duda de Tomás y en el miedo de los discípulos. Allí nace la fe en Jesús que tenemos hoy y que nos mueve a tantas cosas. A partir de la resurreción bienaventurados son los que creen sin ver.
Vamos a tratar de acercarnos un poco más a este texto desde nuestras vivencias, nuestra comprensión y nuestras prácticas comunitarias.
Tomás, junto a los demás discípulos, son la comunidad de los que dudan. Es el grupo de los que están encerrados en sus temores, con las puertas trancadas y con mucho miedo de hacer cualquier cosa. Parecería que nada bueno podía salir entonces de aquel grupo de asustados y temerosos. Ellos creían que era imposible.
Cuando el temor y la duda se apoderan de nosotros y puede más que nuestra propia voluntad o convicción, estamos en presencia de un problema. No es bueno tener miedo a lo nuevo.
Habría que repasar la historia de nuestra congregación para tratar de ver cuantas veces hemos creído nosotros también que era así, que era imposible de hacer determinada cosa. Cuantas veces nos hemos sentido paralizados ante la dificultad o la falta de claridad. Cuantas veces hemos estamos como Tomás sin poder ver la esperanza del resucitado y nos hemos perdido en enfrentamientos o en cegueras. Cuantas veces ni siquiera contemplábamos la posibilidad de poder enganchar los dos broches de papel.
Sin embargo, estoy seguro que gracias al valor de muchas personas y a la posibilidad de ver la esperanza, es que a lo largo de todo este tiempo sopló mucho más el espíritu de lo que pudo haber producido el miedo o el encierro. El efecto del Espíritu Santo ha sido más fuerte que nuestros miedos. El E.S. Nos ha impulsado y nos sigue impulsando
Tanto ha sido, que hoy estamos aquí, a las puertas de celebrar una nueva Asamblea General Ordinaria, en la que iremos a conversar sobre varias cuestiones. Algunas de ellas nos preocupan y otras tantas nos llenan de esperanza y de alegría porque podemos percibir que el resucitado camina al lado nuestro.
Creo, hermanos y hermanas, tenemos suficientes motivos para no dejarnos amedrentar por lo que viene. Tenemos suficientes razones para tener esperanza. Simplemente porque Jesús da su shalom y sopla su espíritu en medio nuestro, para que entonces suceda aquello que se describe en el texto bíblico, cuando un puñado de miedosos y temerosos pasan a tener una misión universal y la asumen sin dudar. Esa también es nuestro envío.
Que Dios hoy nos vuelva a enviar. Para poder comprender la importancia de la misión que nos ha dado. Quizás tan importante misión como aquella que les dio a esos discípulos encerrados, desconfiados y miedosos.

Que Dios nos bendiga. Amén.

Eugenio Albrecht
Abril de 2012

Viernes santo ¿Viernes bueno?: reflexión sobre Juan 19: 17 - 30

Siempre hablamos del día de hoy como Viernes Santo. La pregunta es ¿Por qué usamos este nombre? ¿Cómo puede llamarse santo un día cómo hoy?

En lo que hace al hecho en sí, nos reunimos para conmemorar y recordar la muerte de un hombre que estaba en sus treinta y tres años. Su vida, que había sido dedicada a servir a Dios y a los demás, llegaba trágicamente a su fin, después de haber sido traicionado por un amigo, abandonado por sus seguidores, condenado bajo falsas acusaciones en complicidad con el poder religioso y político, maltratados por los soldados romanos y clavado en una cruz, en la que tuvo que permanecer hasta morir. Una muerte realmente espantosa. Y nosotros le llamamos viernes santo.

Ahora, les voy a sorprender más todavía. Es interesante ver la denominación que este día tiene en otros idiomas. Es que cada idioma tiene su característica y su modo de expresar. En inglés por ejemplo se conoce este día como “Viernes bueno”. Uno diría que esto es más contradictorio aún si vemos lo que sucedió con Jesús. Esto nos llama la atención. El origen del nombre en inglés, posiblemente se remonta al término del iglés antiguo "Godes Friday" o “Viernes de Dios”. Con el tiempo la palabra Godes pasó a ser good, es decir “bueno”. Y entonces de ahí viene el uso “viernes bueno”.

Esta sutileza nos puede ayudar para que nos preguntemos ¿Qué tiene de bueno un día como este? ¿Qué tiene de santo este día?, ya que en nuestra tradición usamos el término “viernes Santo”.
Lógicamente, mirando la historia que hoy recordamos. Repasando el texto bíblico que compartimos, lo primero que salta a la vista es lo “no bueno” y lo que hace que este día sea “no santo”.
Santo entendido tal como lo plantea Pablo, como todo lo que pertenece a Dios.

Todo esto salta a la vista, nos molestan y perturban nuestra condición humana, porque nos muestra la crueldad con la que los seres humanos son capaces de tratarse los unos a los otros.

Pensemos por un instante lo que habrá sentido Jesús ese día cuando vio consumado todo de la peor manera: abandonado por sus amigos/discípulos. Víctima de la injusticia. Colgado en la cruz totalmente despojado de todo. Teniendo que soportar la tortura, el maltrato, la burla, los insultos, la humillación.

Sólo en la cruz, Jesús, los soldados, los que tomaban las decisiones. Jesús y el mundo.
Señalar la cruz

Conocemos esto y sabemos que las personas somos capaces de reproducir esto mismo de muchas maneras y de modos muy particulares: injusticia, maltrato, dolor, humillación, hambre, guerras, violencia, muerte, destrucción... pecado

Es exactamente lo que sufrió en carne propia Jesús en el camino a la cruz. Cuando los seres humanos reproducen (reproducimos) en lo cotidiano, ciertamente los días “buenos” y “santos” se hacen cada vez más cortos en la tierra que “Jehová nuestro Dios nos da”.

Ahora bien, tal como decíamos al principio. Así como el término en inglés habla de “Viernes bueno”, nos debemos preguntar por donde pasa “lo bueno” o “santo” de este día.

La muerte de Jesus es un acontecimiento lleno de contradicciones y sensaciones diferentes. Pero representa un antes y un después. Hay una respuesta de Dios, en la que nos que entender que no está de acuerdo con la injusticia, con el dolor, con el sufrimiento y con lo que sucedio con su hijo y responde. Su respuesta es contundente e implacable, para que no le quede dudas a nadie: la tierra tembló, el velo del templo se rasgó en dos, las rocas se partieron y los sepulcros se abrieron para liberar a varios muertos hacia la resurrección.

La noticia buena después de todo es que Dios no permanece inmutable ante la tragedia de su hijo. Dios no se queda somo si nada ante nuestras tragedias. Al contrario, responde de manera elocuente, porque quiere apartar la destrucción y el pecado del mundo. Todo eso que hace que nuestros día no sean “buenos” o “santos”. Dios quiere apartar esto de nuestra vida.

Entonces, con esta noticia, sí es posible entender que lo que Dios pone en nuestras manos, no es sólo un “Viernes Bueno”, o un “Viernes Santo”, un “viernes de Dios”, para dedicarlo a pensar en la entrega de Jesús por nosotros, sino “días buenos”, “días santos”, que son todos los días que Dios pone a nuestra disposción a lo largo de nuestra vida, para que entonces podamos hacer que los días sean cada vez más largos y mejores en la tierra que “Jehová nuestro Dios nos da”.


A partir de aquel día, con la crucifixión de Jesús, la historia comienza a cambiar. Ya nadie puede salvarse por sus propios medios. Por más que puedas, tengas mucho y confíes en tu capacidad... a partir de Jesús hay que aprender a abrir los ojos a la gracia y al amor de Dios. Esto es lo que nos recuerda la cruz vacía de nuestro Señor. Esto es un hecho de profundo amor y justicia de parte de Dios por todos nosotros.

Eugenio Albrecht
Viernes Santo de 2012

La semilla que muere para dar vida: reflexión sobre el texto de Juan 12: 20 - 33

No es necesario ser agricultor para saber que para que una semilla germine, necesita que se reúnan varias condiciones: que haya suelo fértil, que haya humedad suficiente, que haya calor y luz. En caso contrario la semilla no va a germinar y va a terminar quedando sola, depositada en la tierra.

A mi me gustaría que hoy nos imaginemos como semillas, pensando especialmente en las veces que hemos sembrado en la vida. De esas siembras, pensemos en las que han veces que nuestros sueños y nuestro esfuerzo de sembrar dio fruto, pero también las tantas veces que quedó nada más que en una siembra y aún queriendo, no hubo ningún fruto y ante una primera mirada, todo nuestro esfuerzo fue en vano.

En una de nuestras comunidades hicimos ese ejercicio la semana pasada durante un estudio bíblico y salieron las siguientes cosas:

Las siembras que dieron fruto:
“Mi trabajo”, “mi estudio”, “mi fe en Dios”, “comprender que yo puedo hacer cosas que antes creía que no podía”, “lograr incorporarme a la comunidad de la iglesia”, “ver crecer a quienes amo”, “ver como hombres y mujeres asumen responsabilidades dentro de la iglesia”, “haber podido dar una idea cristiana a mis hijos”, “mantener la armonía de la familia”, “aprendí a la fuerza a confiar siempre en Dios”...

Las semillas que todavía no crecieron:
“No pude convence a mi familia de acercarse a Dios”, “No pude mantener ciertos lazos de amistad”, “Sueño cosas muy grandes y cuando no las consigo me siento mal”, “A veces pienso donde está Dios”, “La difícil y aparente infructífera tarea de mantener la familia unida trás la pérdida de uno de sus miembros” “Me desepcionó conocer en parte nuestra sociedad ¿Tal vez sea mejor no ver todo eso?” “Mi sueño es convencer a mi familia para que se acerquen a Dios. Me siento desepcionada. ¿No será el tiemo?” “Hubo que despertar de algunos sueños”.

Quizás estas siembras nos ayuden a pensar en nuestros sueños cumplidos y aquellos que en este momento se nos presentan como frustraciones.

Si hacemos este ejercicio a la luz del texto bíblico nos vamos a dar cuenta que cuando vamos al versículo 24, el propio Jesús se compara con una semilla. Una semilla que debe morir para luego pasar a otra vida. Una nueva vida como resucitado y vivo en medio del mundo.

Si la semilla solo permanece siendo eso, semilla, nunca va a crecer. Hay momentos en los que debemos dejar de ser semilla y transformarnos en arbol. Hay que tener la sabiduría y la confianza en Dios para poder comprender que en determinados momentos de la vida (aunque sea muy cómodo para nosotros tal como es cómodo para la semilla seguir siendo semilla) tenemos que enfrentar cambiar de etapa, asumir otros roles, tomar nuevos compromisos, asumir riesgos... en todos los aspectos de la vida.

¿Será que a veces hay que perder cosas para ganar otras?
¿Será que a veces hay que fracasar para poder ver los frutos que nuestos ojos no logran ver?.
Claro, reconocer estas etapas implica bastante más que ponerse a pensar. A veces son procesos dolorosos y largos.

Recordemos el versículo: Jesús dijo: Les aseguro que si un grano de trigo no cae en la tierra y muere, sigue siendo un solo un grano, pero si muere, da vida en abundancia (v. 24)

¿Qué cosas en nosotros deben morir para que la vida sea más plena y más íntegra, más digna?
En el texto que compartimos recién, Jesús tiene plena conciencia de lo que estaba por venir. Aquella siembra de Dios debía germinar de un modo totalmente inesperado. Esa siembra que fue puesta en tierra iba a dejar de ser una semilla para dar más vida aún. La semilla moriría como semilla, para ser la base del arbol de nuestra vida. Si a nosotros esto nos resulta difícil de entender, imaginen lo que pudo haber sido para los discípulos. Jesús será ajusticiado en un juicio mentiroso y lleno de corrupción para que a partir de allí nadie más debiera estar pasando por lo mismo. Esa es la vida que se multiplica a partir de la resurrección. Nadie más debe pasar por lo mismo.

Aquella semilla única que Dios puso en la tierra estaba a punto de transformarse en algo nuevo. La resurrección de Jesús es algo nuevo. A partir de eso ya no vive lejos, sino que habita con nosotros para siempre.

En lo que hace a nuestras siembras, que mejor que mirar la siembra que hizo Dios a través de Jesús. Además para ejemplificar este tema quiero compartir con ustedes algo muy curioso, que sucede con una planta, que es el bambú japonés y que lo transforma en una planta no apta para impacientes. Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que, un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

Sin embargo, al séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece más de 30 metros. ¿Tardó sólo seis semanas crecer?... No, la verdad es que tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.

Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento, que iba a tener después de siete años.
Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas y triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo.

De igual manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante.

En esos momentos que todos, absolutamente todos tenemos, recordemos el ciclo de maduración del bambú japonés y aceptemos que en tanto no bajemos los brazos ni abandonemos por no ver el resultado que esperamos, si está sucediendo algo, dentro nuestro...
Estamos creciendo, madurando.


Jesús es la semilla que dejó de ser semilla, cayó en tierra y germinó en su resurrección, para acompañar y ser un aliciente en nuestras siembras de todos los días. Él nos da esperanza y confianza. ¿Estamos dispuestos a buscar esto en Él?

Eugenio Albrecht
marzo de 2012

La pelea de Jesús: una lucha contra la corrupción y la injusticia

A lo largo de mi vida he conocido gente a la que le encanta pelear. Suficiente con una pequeña provocación para que se llenen de enojo y para comenzar una “cruzada” en su favor. Algunos llegan fácilmente a la agresión física y a herir a otro semejante.

Del mismo modo también conozco gente que nunca pelea. Pacífica por donde se la mire. Personas que soportan críticas e interpretan las cosas del mejor modo, tratando de ir siempre al encuentro antes que al desencuentro.

Seguramente ustedes conocerán también ambos tipos de personas. Digamos que eso no sería algo extraordinario.

Lo realmente extraño se produce cuando vemos a alguien que es muy calmo en su modo de relacionarse con los demás, pelear. Entonces nos preguntamos: ¿Qué habrá sucedido para que “fulano” se enojara de tal manera. “Habrá sido algo realmente grave”. Y ahí nos acordamos de ese dicho que reza: “las aguas tranquilas son profundas”. También es cierto que cando se mueve toda esa agua, genera un gran revuelo.

Un sentimiento similar deben haber tenido aquellos que vieron a Jesús expulsando a los vendedores y cambistas del templo. ¿De dónde salió semejante energía? ¿Qué cosa tan grave habrá sucedido para que reaccione de ese modo?.

De hecho, era algo muy serio lo que estaba ocurriendo.

Se sabe que el templo de Jerusalén tenía el derecho de cobrar las tazas y de administrar su propia moneda. Allí sucedían los sacrificios de animales con los que la gente creía que podían ser expiadas sus culpas. Alguien debía pagar por el pecado y el error y entonces el camino más simple era ofreciendo un animal en sacrificio. Cosa rara desde nuestra mirada, pero aún hoy se hacen muchos sacrificios que justifiquen la vida. Muchos creen que caminando hacia determinado lugar van a ser mirados por Dios de un modo más justo, otros creen que haciendo algo que les resulta incómodo son justificados por Dios. Otros creen que sacrificando horas de la vida y tiempo de la familia a cambio de progreso económico. Someter y “sacrificar” a otros, en cambio de mi propio beneficio. En fin, maneras de “justificarse” y “sacrificarse”. Una vez alguien me llamó por teléfono, diciéndome que había conseguido el trabajo con el cual había soñado toda la vida y que para devolverle a Dios el favor, durante un año no iba a desayunar y tampoco se iba a sacar la barba. Es muy común eso aca en Misiones: creer que ante Dios, es necesario demostrar algo. Mi respuesta fue que desayunara mejor que lo que hacía antes, como señal se agradecimiento a Dios por la generosidad y por poder sentir que había sido muy bueno con él. Dios es absolutamente generoso.

Estos sacrificios que se hacían en el templo fueron generando todo un negocio, el negocio de los vendedores de animales, que los ofrecían para el sacrificio agradable a Dios. Por eso se instalaron allí, prácticamente adentro del templo. Esos animales debían ser perfectos y sin fallas. Si acaso alguien traía algún animal de la casa lo lógico eran que fueran rechazados por los inspectores, lo que favorecía que el precio que cobraban los vendedores del templo fuera casi siempre abusivo. Podemos imaginar lo que habrá sido el ambiente alrededor del templo y en el templo mismo. Ningún espacio meditativo ni de encuentro con Dios, al contrario... mucho miedo, desconfianza y frustración.

Creo que a esta altura podemos comprender el enojo de Jesús. Su visita al templo era realmente algo serio. El espacio del templo y el lugar en el que Dios habitaba se había corrompido hasta los límites insospechables. El enojo de Jesús no fue una cuestión de mal humor, sino a partir de algo profundo. El enojo de Jesús ronda el templo, pero va mucho más allá del templo: tiene que ver con corrupción y con injusticia.

Jesús se enojó y se peleó. Los echó a todos. Me puedo imaginar que sus palabras habrán sido firmes, fuertes, duras. Aquí marca una diferencia con nosotros, que solo lo imaginamos tranquilo, dejando que las cosas se acomoden solas en su lugar. En este caso pone muy bien los puntos sobres las “ies”. Jesús cuestiona y da un golpe al corazón de la vida política y religiosa del momento. Lo que mueve a Jesús es el amor por los más débiles, víctimas de ese sistema.

Ante la presencia de tantas iglesias que se multiplican en nombres y tamaños, muchas veces se habla diciendo que todas ellas son buenas. Muchas utilizan el miedo y la amenaza para atemorizan a las personas para “crecer”. La misma dinámica sucedía en el templo: aprovechar los temores de las personas y contra eso Jesús se enoja profundamente. Tenemos testimonio de personas que lograron escapar de estructuras como esas y que pudieron encontrar un Dios de amor y de misericordia.

Cuando lo que vemos a nuestro alrededor (en el aspecto que sea) es la injusticia, debemos tomar coraje en el ejemplo de Jesús. Claro, siempre hay un riesgo. El de ser acusado de subversivo, agitador, loco. A Jesús le sucedió lo mismo. Es necesario abrir nuestro corazón al sufrimiento de los demás, de los más débiles. Especialmente cuando el abuso viene por parte de quienes tienen un espacio de poder. Fue eso lo que Jesús hizo limpiando el templo.

En el templo, Jesús no solo actúa contra los aprovechadores, sino que al ver lo que se había convertido el lugar, se convenció que esa estructura ya no tenía sentido. Entondes habla de su destrucción y de sí como el nuevo templo. Los herederos de ese “templo” somos las iglesias. Fíjense tamaña responsabilidad. A partir de allí, es Jesús el lugar en el que Dios había elegido para habitar y que en tres días sería reconstruido (resurrección).

A partir de entonces es posible encontrar a un Dios vivo y pleno en Jesucristo. Ya no es necesario ningún sacrificio en vano... aunque los sigamos haciendo creyendo que así seremos mejores ante Dios. Jesús es el templo vivo y presente, hoy, mañana, semaña que viene, en diez años, toda la vida.
Ante la visita de Jesús al templo sabemos lo que encontró. Ahora bien, si viniera hoy ¿Qué cosas encontraría en las iglesias? ¿Qué cosas permanecerían al pasar su escoba y cuales limpiaría? ¿De qué nos limpiaría? ¿De qué debemos ser limpiados? ¿Qué cosas dejaría en pie en nuestra sociedad y cuales borraría de un plumazo?

Creo que el tiempo de cuaresma es un tiempo más que propicio para hacer una re lectura de nuestro modo de ser cristianos y nuestros modos de ser comunidad e iglesia. Que el Evangelio nos conseve fieles a Jesús y si acaso necesitamos, que nos convierta. Una y otra vez que nos convierta.

Que Dios nos bendiga hoy y siempre.

Eugenio Albrecht
Marzo de 2012