Ningún fantasma: reflexión sobre el texto de Lucas 24: 35 - 53

En la época de Jesús había una creencia sobre la existencia de fantasmas. Se creía que habían muchos de esos entes dando vueltas por todos lados y que en verdad podían hacer algo a las personas. Las personas estaban aterrorizadas y realmente la pasaban muy mal. En ese tiempo era muy difícil iluminar. Apenas caía el sol y el mundo era una penumbra. Esto sin dudas favorecía a que las personas se hicieran este tipo de imágenes y se pusieran muy miedosos ante la presencia de la noche. La oscuridad traía inseguridad y terror.

Pasaron muchos años y sin embargo a pesar de que nuestro mundo está iluminado gracias al invento de la energía eléctrica, todavía son muchísimas las personas que siguen creyendo de la misma manera. Conozco quienes se dicen cristianos pero con seguridad están más seguros de la existencia de fantasmas que de Dios. Ven a la religiosidad como una especie de guerra entre el bien y el mal, donde de un lado del campo de batalla está Dios y del otro una serie de personajes fantasmagólicos. Entonces en esa lucha esperan que triunfe Dios, porque sino les va a ir demasiado mal. Eso creen.
Claro, en ese camino parece que todo es válido: cinta roja en el paragolpe del auto, colocar una herradura de caballos detrás de la puerta, cruzar los dedos, llevar una imagen en la billetera, tener una imagen en la casa...

Tal como recién acabamos de compartir en la lectura, los discípulos están con tanto miedo e inclusive el texto nos da testimonio de que cuando Jesús aparece, todos ellos creen que están en presencia de un fantasma. Ante esa reacción la respuesta de Jesús es: “Paz a ustedes”. Como diciendo, “tranquilo, yo estoy con ustedes”. Es el modo que elige para saludar a esos seres humanos llenos de confusión y hundidos en el fracaso.

Después les mostró las manos y el costado donde estaban clavados los clavos y había sido herido por los soldados. Aún así ellos no podían terminar de entender lo que estaba sucediendo.
Entonces Jesús les explica (en el v. 46) lo que había sucedido y les dice que ellos eran los testigos de esas cosas. Esto es simbólico y de mucho valor: ser testigo de algo que uno no conoce bien y no entiende bien. Ser cristiano es un poco eso: vivir una esperanza que a veces no se sabe explicar muy bien. Ser cristiano no se explica, se vive.

La buena noticia de la resurrección no es para que los entendidos la transmitan, sino para quienes están dispuestos a “ser testigos” del resucitado.

Casi al final de nuestro texto dice que los discípulos salen de Jerusalén y que mientras Jesús los bendecia fue llevado al cielo. De esa manera, la misión de Jesús como ser humano había llegado al final y a partir de ese momento la tarea de hacer que el mundo sea cada día un poco mejor le tocaba a los discípulos. Ahora nos toca a nosotros. Ser testigos de la resurrección en medio de un mundo cuyo sistema económico y social está cada vez más volcado hacia la reproducción de la muerte. Allí, aquí, acá... somos testigos de la resurrección y el llamado es a vivirla en lo cotidiano.

¿Qué sucede para que de esa supuesta visión de fantasmas finalmente los discípulos logren entender que en verdad no existía ningún fantasma y en su lugar había algo mucho mejor que era Jesús, que se acercaba a ellos, dándole finalmente una misión universal?

En los vv 41 y 42 Jesús pide algo para comer y se alimenta con ellos. Comparte lo más cotidiano que es la comida. ¿Podemos darnos cuenta que Dios comparte lo más cotidiano o acaso seguimos imaginandolo muy distante y ante la duda preferimos aferrarnos a cosas sin sentido en las cuales buscamos protección, en otras tantas nos escondemos o bien basamos nuestro temor?

Al igual que la realidad de los discípulos, muchos son los fantasmas que opacan la presencia de Dios, que ponen un manto de niebla a nuestra fe que decimos tener.

Hoy los cristianos se han vuelto inseguros en su relación con Dios. Parece que Dios no está de moda y hay muchas otras cosas más “atractivas” y “brillantes” que la fe. Por eso los fantasmas se multiplican y los miedos y la imposibilidad de ver aún viendo.


Quiera Dios que podamos reconocer siempre la voz de Jesús, ese buen pastor que invita a buscarlo y reconocerlo especialmente cuando creemos que vemos “fantasmas” que opacan nuestra mirada. Confiemos en el Cristo resucitado, porque Él vive con nosotros y al igual que los discípulos, pone cosas muy importantes en nuestras manos.

Eugenio Albrecht
Abril de 2012

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