¿A qué le tienen miedo? (Marcos 4, 35 - 41)



En cierta oportunidad participé de un encuentro de estudiantes de teología y seminaristas judíos y cristianos en Uruguay. Éramos un grupo de unos 15 estudiantes. Había compañeros de ISEDET, seminaristas católicos y jóvenes que se estaban formando en el seminario rabínico latinoamericano de Bs As. Compartimos unos lindos días de talleres en los cuales nos pudimos conocer más allá de las diferencias y los diferentes modos de celebrar a Dios en comunidad.

Al regreso hacia Buenos Aires nos tomamos el barco para cruzar los 50 kilómetros que tiene el Río de la Plata entre la ciudad de Colonia y Bs As. Ese viaje demora en total unas 3 horas y media. La cuestión fue que mas o menos a la hora y medie de viaje, el tiempo comenzó a empeorar y de repente como de la nada se desató una tremenda tormenta. Teníamos 25 kilómetros de río para cualquiera de las orillas. Realmente el barco no tenía otra escapatoria que seguir adelante, porque era lo mismo regresar a Colonia o seguir hasta Buenos Aires. Entonces, al mejor estilo de una película de suspenso nos avisaron a los pasajeros que mantuviéramos la calma porque continuaríamos viaje hasta arribar a Buenos Aires.

La esperanza de todos era que la tormenta se fuera calmando. Pero eso no sucedió y muy por el contrario, el viento y la lluvia fueron cada vez más fuerte, a punto tal que el barco (con unos 500 pasajeros) se movía cada vez más, a punto de sentir como chirriaba. Se balanceaba tanto que era posible ver el agua primero a un costado por la ventanilla y a los pocos segundos al otro costado. Se bamboleaba de un lado para otro.

Realmente era un momento bastante tenso para muchos de los pasajeros y algunos comenzaron a desesperarse.

Era interesante ver como reaccionaban las diferentes personas. Había desde la mujer que se puso a rezar el rosario, hasta aquellos que jugaban a las cartas y algunos que inclusive comían sanguichito que llevaban en el bolso de mano. Lo que para algunos era una situación desesperante, para otros era algo simple.

Me pregunté en ese momento ¿Por qué razón era de ese modo? ¿Cómo puede ser que algo que para unos puede ser desesperante, otros lo pueden tomar con mucha calma y tranquilidad?. Realmente eso me quedó dando vueltas en ese momento. Después quiero retomar esta pregunta.
En nuestro texto de hoy leemos que los discípulos estaban en un barco y de repente sintieron mucho miedo. La tormenta los azotaba y creyeron que podrían morir. Junto a ellos había otros barcos. Ante esa situación Jesús dormía plácidamente con su almohada y no se daba por enterado de lo que estaba sucediendo.

Hay un detalle en el hecho de los especialistas en navegación son en verdad los discípulos, que son pescadores en su mayoría y por lo tanto se supone que sabían como manejarse en este tipo de situaciones. A ellos también se le queman los libros y necesitan recurrir. Lo hacen al igual que nosotros, cuando ya están todos los papeles quemados y ya no tienen manera de resolver por sus propia fuerza y sabiduría, entonces recurren a Jesús.
Estar en el medio del barco y sentir miedo.

¿Con qué situaciones podríamos relacionar esto? ¿En qué situaciones humanas nos podríamos como en un barco que bambolea en medio de la tormenta? Me refiero a las situaciones en las cuales podemos llegar a sentir que el temporal y el vendaval que nos azota es tan fuerte que puede hacer que se hunda nuestro barco.

Ahora bien, cuando eso sucede. ¿Cómo encontrar paz? (La paz de la que Jesús habla) ¿Cómo encontrar tranquilidad frente a los vientos fuertes en los que de repente nos encontramos metidos?. Jesús les dijo: “¿Ustedes no tienen fe? ¿No tienen confianza?”. Les dio un pequeño reto.

Realmente en medio de la tormenta uno cree haber perdido todo aquello que tenía: seguridad, fuerza, confianza, fe, valor, coraje... porque se siente amenazado. Justamente eso hace que nos sintamos de esa manera. Se siente que todo puede ir por la borda. Tal cual esos discípulos desesperados.

Miremos un poco al texto: Luego de que Jesús calmó la tormenta, les hizo una pregunta. Una pregunta muy simple, pero que ayuda a deshilvanar la confusión. La pregunta va además al fondo de la cuestión: “¿A qué le tienen miedo?” “¿Dónde está la fe de ustedes?”.

¿Por qué tenes miedo? ¿A qué le tenés miedo?. Pequeña pregunta se nos plantea.
Es una pregunta muy profunda la que hace Jesús, porque implica una búsqueda en la cual debemos pasar en limpio todo lo que me está pasando y tratar entonces de puntualizar sin perdernos en la maraña de inseguridad y falta de esperanza. “¿A qué le tenés miedo?”.

Esa pregunta nos ayuda a no mezclar todo, par ir al fondo de lo que nos pasa. Ir al grano de lo que sucede, poder definir con claridad donde estoy yo parado. Cuáles son las cosas que yo tengo a mi favor.

Y aparece una segunda pregunta que complementa y refuerza la primera. Luego de revisar la vida y darse cuenta dónde están parados, les pregunta “¿Acaso no tienen fe?”.
Poder darme cuenta sobre qué me paraliza, me va a hacer darme cuenta automáticamente qué es lo que a mi me fortalece. Entonces podré aferrarme.

Y ahora vuelvo a la pregunta que hoy había dejado abierta.
Cómo puede ser que ante determinadas situaciones, hay quienes se desesperan y pueden llegar a tirar todo por la borda y sin embargo hay quienes pueden encontrar un camino de paz y de confianza a pesar de la tormenta.

¿Qué será lo que hace la diferencia?.

La confianza del barco de los discípulos estaba en aquel que estaba durmiendo y que se levantó y entonces se dieron cuenta que no estaban solos. La confianza nuestra es la misma.
Vendavales... ¿Cuántos habrá todavía?.
Tormentas... ¿Cuántas vendrán?.

Pero en nuestro barco viaja un capitán hermanos. El que hace la diferencia.
Dame más fe que da el valor, que ayuda al débil a triunfar. Que todo sufre con amor y puede en el dolor cantar. Que pueda el cielo escalar, o aquí con Cristo caminar.

Dame la fe Señor Jesús... que es capaz de sostenernos en medio de la tormenta.


Que Dios nos bendiga en este día. Que podamos entender que nuestro barco no está a la deriva y no se queda tirado en el medio del viento. Hay quien lo maneja con mucho cuidado y sobre cuidando y velando por cada uno de nosotros.

pastor Eugenio Albrecht

Semilla que crece...

Jesús dijo también: «El reino de Dios es como cuando un hombre arroja semilla sobre la tierra: ya sea que él duerma o esté despierto, de día y de noche la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. Y es que la tierra da fruto por sí misma: primero sale una hierba, luego la espiga, y después el grano se llena en la espiga; y cuando el grano madura, enseguida se mete la hoz, porque ya es tiempo de cosechar.»
También dijo: «¿Con qué vamos a comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola nos sirve de comparación? Puede compararse con el grano de mostaza, que al sembrarlo en la tierra es la más pequeña de todas las semillas, pero que después de sembrada crece hasta convertirse en la más grande de todas las plantas, y echa ramas tan grandes que aun las aves pueden poner su nido bajo su sombra.» (Marcos 4: 26 - 34)

El texto de hoy nos está tirando algunas líneas más para profundizar este tiempo de Pentecostés que hemos iniciado hace dos domingos. Nos habla del Reino de Dios como una semilla que alguien siembra. La semilla que alguien siembra y que da lo mismo estar despierto o dormido, lo mismo la semilla crece y se transforma en planta.

Nos hace recordar las cosas que cuando tienen que darse, se dan. Nos habla también del tiempo que las cosas necesitan para madurar y para ocurrir.

Nos hace pensar la vida de fe como una semilla que se siembra y es capaz de crecer a la luz de lo que nos va pasando y ante lo cual vamos germinando, madurando.

Nos hace pensar en la espera por la cosecha. Pensar al Reino de Dios como una semilla, que es sembrada en la tierra y de la cual se espera que se transforme en una planta.
Pensemos un poco en una semilla a la luz de lo que dice el texto bíblico de hoy:
Una semilla no solo es una realidad, sino también es un proyecto de algo mucho mayor. Es una promesa de futuro y que todo no quedará en ella.

Eso sí, para que la semilla no sea solamente un presente y se convierta en algo grande, no debemos quedarnos con la semilla en la mano, con la idea, con las ganas, con el querer... sino que es necesario que sea sembrada, puesta en tierra fértil. Es necesario que sea regala, cultivada y cuidada. Sino solamente nos vamos a quedar con misterio de pensar cómo hubiera sido el árbol en caso de habernos animado a sembrarla.

Decíamos que la semilla es una realidad, una promesa, un proyecto, un misterio. En este texto se identifica al Reino de Dios con una semilla. Ese Reino que anhelamos se manifieste entre nosotros en lo cotidiano.

Igual que ocurre con la semilla, que necesita ser sembrada para crecer, para que el Reino de Dios crezca es necesario que soñemos, que busquemos la justicia, que aprendamos a convivir mejor, que apostemos a respetarnos los unos a los otros, que juguemos limpio en nuestras relaciones, que vivamos una vida de fe y no de apariencias, que luchemos por un mundo más digno para todos los hombres y mujeres que habitamos en lo que Dios nos ha dado.

Acá hay mucha gente que nació y se crió en la chacra. Hoy les voy a hacer una pregunta muy simple pero que nadie me va a poder responder, simplemente porque no tiene respuesta. La pregunta es ¿Por qué la semilla crece?.

Lo que podemos explicar es cómo la semilla crece, pero no podemos explicar por qué razón la semilla crece. Si se dan las condiciones, sucede y punto!.

Tal cual la semilla crece a partir de la dinámica interna que ella misma tiene. En nuestra siembra de todos los días deberíamos añadir una dosis importante de fertilizante, que tiene que ver con la confianza y la esperanza de que Dios actúa en medio nuestro y en nuestras vidas y en las vidas de las persona. Entonces aquella semilla que debe germinar germinará... rápido o lentamente. A su momento.

Cuentan que en la década de 1930, un joven viajero exploraba los Alpes Franceses. Un día llegó a un lugar donde la tierra era bastante árida y desolada. No era un muy lindo de ver. Más bien daban ganas de buscar algo con más naturaleza que quedarse ahí.

Entonces -de repente-, el viajero miró a lo lejos y le parecía ver algo. Se detuvo y se levantó sobre sus talones y miró con sorpresa: En medio de ese lugar desolado, había un anciano encorvado que cargaba una bolsa sobre su espalda. En sus manos tenía un tubo de hierro. En la bolsa llevaba bellotas y con el tubo de hierro hacía agujeros y colocaba las bellotas en los hoyos que hacía.
El anciano se dio cuenta que el viajero lo estaba mirando y entonces se acercó y sin saludarlo le dijo: "Hasta ahora llevo sembradas muchas bellotas. Quizás tan sólo algunas de ellas van a germinar, pero la verdad que me encanta esto que estoy haciendo... por eso lo hago... ".

Veinticinco años más tarde, el ahora no tan joven viajero regresó al mismo lugar desolado y lo que vio lo sorprendió: La tierra estaba cubierta con un hermoso bosque de roble de tres kilómetros de ancho y ocho de largo. En ese lugar ahora había aves, flores y algún que otro animalito. Todo se había transformado gracias a que aquel anciano había decidido sembrar a pesar de que sabía que el bosque lo verían los demás.

Hermanos... lo que sembramos es lo que a la larga vamos a terminar cosechando. Tarde o temprano eso va a suceder.

El Reino de Dios también es una siembra. Una semilla no nace sola... el Reino de Dios tampoco, porque no es algo abstracto, sino que está compuesto por nuestras actitudes, nuestros gestos, nuestras ganas de hacer...

Y como la semilla, puede crecer y transformarse en algo pleno...

AMEN.

Pastor Eugenio Albrecht